S.O.S para detener la caza de ballenas


Por Doris Calderón*

S.O.S para detener la caza de ballenasRedacción Central (PL).- Grupos ecologistas internacionales emprendieron una campaña para tratar de detener la flota de balleneros japoneses que desde diciembre pasado opera en la reserva marítima de la Antártida, donde se alimentan el 75 por ciento de los cetáceos del mundo.

Los ambientalistas hacen de todo para frenar la cacería: Persiguen sin cesar a las embarcaciones niponas, se interponen con sus barcos para impedir que arponeen a las ballenas y bloquean el repostaje de combustible.

Sus esfuerzos por alcanzar este fin devinieron acciones cada vez más osadas. Hace unos días, el británico Giles Lane, de 35 años, y el australiano Benjamin Potts, de 28 años, miembros del grupo ecologista  Sea Shepherd, se subieron al buque japonés Yashin Maru 2.

Lane y Potts pretendían entregar una orden del Tribunal Federal de Sidney, que prohibía la caza de ballenas, pero fueron retenidos durante cuatro días, al parecer, en contra de su voluntad.

El incidente llegó a generar tensiones entre Australia y Japón, pues la orden había sido emitida poco antes por el juez australiano James Allsop, quien declaró ilegal las operaciones de las empresas japonesas en la reserva marítima de la Antártida.

Tras ser liberados, los activistas prometieron continuar la lucha para detener las operaciones de la flota ballenera la cual, junto a su gobierno, sostiene que esa zona está bajo jurisdicción internacional y que los magistrados australianos no son vinculantes.

Sea Shepherd, Greenpeace y otros grupos ecologistas se encuentran enfrascados no sólo en detener a las embarcaciones japonesas, sino también en lograr que se prohíba de manera definitiva la caza de ballenas.

Esa campaña ha sido apoyada por Australia y Nueva Zelanda, que rechazan abiertamente la cacería.

Canberra envió aviones y el rompehielos Oceanic Vinking a la reserva marítima de la Antártida con la misión de grabar y fotografiar el comportamiento de los balleneros japoneses.

Este año la flota nipona tenía la meta de matar 935 ballenas minke, 50 rorcuales comunes y 50 jorobadas, por lo que la operación de vigilancia procuraba recoger pruebas fotográficas y emprender una acción legal que ayudara a interrumpir esas actividades.

Aunque Noruega es el único país del mundo que permite la caza comercial de ballenas, según cifras de grupos ecologistas, Japón e Islandia capturan más de dos mil ejemplares cada año.

En el caso de Japón, el gobierno argumenta que la captura tiene fines científicos y que el consumo de estos animales es parte de la cultura nipona.

La realidad es que la matanza del animal representa una cuantiosa inversión, pues su carne va a parar a los platos de lujosos restaurantes japoneses.

Se preparan especialidades culinarias tradicionales, como el tocino de ballena y el yamatoni, carne cocida en salsa de soya, entre otras.

La carne de ballena es un alimento prácticamente insustituible para los japoneses debido a la elevada cantidad de proteínas que contiene y al hecho de que se vende completamente deshuesada.

Para Japón sería más costoso producir o importar la carne de res o de cerdo, con sus respectivos huesos y cartílagos, porque representaría el doble y el triple de la carne de ballena consumida anualmente en el archipiélago, según fuentes de esa industria.

Las empresas japonesas han ideado disímiles procedimientos para sacarle provecho a estos ejemplares, algunos de las cuales llegan a alcanzar 30 metros de largo y un peso de 120 toneladas.

Los pescadores destazan al animal, con intención de aprovecharlo al máximo, para ello procesan casi todos los órganos, desde la piel hasta el hígado y el páncreas.

Sólo para que se tenga una idea, estamos hablando de 60 toneladas de carne, 30 de aceite, 25 de huesos, cuatro de vísceras y tres de lengua.

De las presas también se obtienen productos tan variados como fertilizantes, glicerina, materias primas para la industria jabonera, hormonas, componentes de zapatos y otras prendas.

La captura de ballenas para los japoneses implica la movilización de tres grandes flotas, que incluyen un barco nodriza, dos o tres naves buscadoras o arponeras y un buque tanque.

Cada barco cuenta con un laboratorio, donde los técnicos se encargan de realizar una gran variedad de pruebas, entre ellas, asegurar el control de la calidad, graduar el aceite por el color, medir la gravedad específica, la cantidad de yodo, el valor de saponificación y el grado de acidez.

Los biólogos, por su parte, comprueban el sexo, la edad y el tamaño de cada ballena a bordo, examinan el contenido del estómago, recogen los ovarios, los ojos o cualquier otro órgano.

El 10 por ciento de las ballenas capturadas están preñadas y en ese sentido la caza se convierte en una actividad que entraña un grave riesgo: la extinción de la especie.

Año tras año las expediciones viajan hasta la Antártida o a otros lugares con clima inhóspito y se aseguran de aprovechar bien la ocasión ya que las temporadas cuestan millones de dólares.

En el siglo pasado un barco podía cazar un promedio de 35 a 40 ballenas en un viaje de tres años, pero en la actualidad esa misma cantidad se captura en apenas dos semanas.

Los métodos para la cacería de estos mamíferos marinos han sido altamente cuestionados. Investigaciones científicas revelan que el animal puede tardar entre dos minutos y varias horas en morir y sufre mucho en el proceso.

Todo comienza con el disparo de un arpón de 70 a 90 kilogramos, sujeto a un cable de acero, y armado con una cabeza explosiva, que estalla al penetrar en la piel del ejemplar.

Si el animal no muere por la explosión, el cañonero lleva un segundo arpón sin cable.

La tripulación del barco llega hasta la ballena moribunda, le perfora el abdomen y le inyecta aire comprimido para que flote; después la remolca hasta el barco fábrica y en él inicia el proceso.

Las atrocidades registradas durante las cacerías conllevaron a que la Comisión Internacional para la Industria Ballenera, fundada en 1946, tomara conciencia sobre el peligro que corrían las poblaciones del cetáceo.

Ante el acelerado incremento de la caza de ballenas, el organismo internacional regulador decretó en 1986 una moratoria en la que prohibía la caza de este mamífero.

Sin embargo, en uno de sus artículos permitió la captura de ballenas con fines científicos, aunque no fijó los límites.

Países como Japón, Noruega e Islandia han explotado los vericuetos  legales de la moratoria y la han utilizado como fachada para encubrir sus 0verdaderos propósitos comerciales.

La cacería de ballenas por parte de esos países forma parte de un plan estratégico que promueve la reasunción de la caza a gran escala y sobre todas las especies.

Tales intenciones han generado una ola de rechazo en grupos ecologistas de todo el mundo y gobiernos de algunos países que denuncian los crueles fines de las mal llamadas expediciones científicas.

Por ello, promueven una campaña, cuyo principal objetivo es lograr que la Comisión Internacional refuerce la moratoria actual y prohíba también la caza con fines científicos para garantizar la supervivencia de la especie.

Según datos aportados por los activistas, desde 1986 hasta la fecha más de 20 mil cetáceos murieron por “fines científicos”.

La constitución biológica de las ballenas les impide ser tratadas igual que los peces, pues ellas conciben únicamente un ballenato cada uno o dos años.

Para poder sobrevivir por sí solo, el ballenato necesita más de un año de cuidados maternales, otros para alcanzar la madurez y otros tantos para poder reproducirse.

Las poblaciones de cetáceos tardan mucho tiempo en recuperarse de la explotación comercial, lo cual constituye un indicador de la desatención y de la falta de respeto del hombre hacia el medio ambiente.

Existen pruebas categóricas de que la caza de ballenas es una de las industrias ambientales más destructivas y se hace necesario reflexionar en torno a cuestiones tan lamentables.

La explotación de los recursos naturales puede beneficiar al hombre siempre y cuando sea de manera racional, dentro de ciertos límites, y con bases científicas bien fundamentadas, según advierten expertos.

*La autora es periodista de la Redacción de Asia de Prensa Latina.

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