Literatura: los enigmas del Nobel


Por Anubis Galardy

La Habana, 8 oct (PL) La literatura tendrá mañana un nuevo monarca, ungido por el poder consagratorio del Nobel, y la inminencia del anuncio hace latir de prisa el corazón de los candidatos, los eternos y los más recientes.
Entre estos últimos el más recurrente en las predicciones es el italiano Claudio Magris, autor de un raro ensayo sobre el Danubio, en el que se mezclan la historia y la filosofía, quien ha subido poco a poco en los últimos años los escalones de la espera.
Una espera que puede durar toda la vida, sin que nunca se llegue al escalón más preciado, como le ocurrió al argentino Jorge Luis Borges y como viene ocurriendo con el mexicano Carlos Fuentes.
Algunas veces la espera puede tener el resultado anhelado. Fue el caso del escritor portugués José Saramago, a las puertas de cuya casa acamparon tantas veces inútilmente los periodistas. Hasta que un día de 1998 los sorprendió la noticia en el lugar y en el momento adecuado.
Desde hace años aguarda un compatriota suyo, Antonio Lobo Antúnes, sin que su ánimo se perturbe ni parezca prestarle demasiada importancia al asunto. A Saramago el honor le tocó a una edad avanzada. Lobo Antúnes tiene solo 66 años. Huelgan los comentarios.
Aficionados a las encuestas y a las apuestas, tanto como al té de las cinco de la tarde, los británicos representados por la casa Ladbrokes, señalan como favoritos, además de Magris al poeta sirio-libanés Adonis y a tres autores norteamericanos.
Ellos son los sempiternos Philipp Roth y Joyce Carol Oates, a los que se suma Don De Lillo.
Otra siempre presente en las listas es la canadiense Margaret Atwood.
Un sondeo realizado entre 25 escritores de varias partes del mundo señala también como candidatos a la poeta danesa Inger Christensen, al sueco Per Olof Enquist, y al norteamericano John Updike.
Con la Academia Sueca todo es posible, sin embargo. El hermetismo es su principal carta de juego, aunque este año el secretario permanente del jurado desde 2007, Ohorace Enghdahl, lanzó al ruedo una frase inquietante, que pudiera ser una cortina de humo.
Es un hecho, dijo, que Europa sigue siendo el centro literario del mundo y no Estados Unidos. Ante el revuelo armado, se sintió obligado a una breve rectificación. El Nobel, precisó, no es una competencia de naciones sino una distinción a escritores particulares.
Esquivo e imprevisible, a lo largo de su historia el galardón dejó fuera de sus predios a una nutrida relación de autores que nunca lo tuvieron y lo merecían mucho más que otros laureados olvidables.
Los casos más lamentables quizás, entre otros de igual rango que pudieran citarse, son los del ruso León Tolstoi, de cuyo natalicio se cumplen ahora 180 años, autor de la novela más importante de la historia de la literatura, La guerra y la paz.
Cuando murió, a los 82, ya se sabía de sobra que su obra monumental, traducida y reimpresa en todo el mundo, iba a existir para siempre.
Junto a él entre los olvidados que ocupan hoy un sitio propio en la gloria, están Franz Kafka, Marcel Proust, Virginia Woolf y James Joyce, que murió en 1941 cuando su Ulises había cambiado el curso de la novela en el mundo. El Nobel tiene también su página de sombras.

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