De mujeres, de la vida, de Yunier Riquenes García


Suscribete a AkerunoticiasPor María Matienzo Puerto

Marcia tiene sueños con leones que huyen despavoridos, ella misma es un león que puede estrellarse, precipicio abajo, en cualquier momento.

Despierta y agarra el machete, como si fuera un hombre,  pero no lo es, sigue siendo una mujer dispuesta a defenderse.

Ahora razono. ¿Un machete en la cabecera de la cama? Y me acuerdo de mi abuelo y de todos los hombres de mi familia. Las mujeres también podemos, con el arma, evocar al mambí o al cimarrón que llevamos dentro.

Un árbol genealógico de mujeres para las que asumir la vida no fue más que la cotidianeidad. Yunier Riquenes García, en La edad de las ataduras (Ediciones Matanzas, 2010), distancia a sus mujeres de las de sus contemporáneos. Mientras que toda una generación las muestra como demonios, espirituales, con preocupaciones aparentemente trascendentes, las de Yunier son lo concreto, lo cotidiano, lo tangible. Se enfrentan a la vida pese al miedo que aparece como una constante, como una fórmula física, como la gravedad misma. El miedo al hombre que acecha en una esquina, al hijo que no regresa, a las tentaciones, al fracaso, a la frustración, pero no a la vida. Un miedo confeso que las distancia de cualquier equivalencia con las masculinidades.

Por sobre Marcia, Vilma, Lety, Aleyda, está María Teresa Vera el ergo sum, el non plus ultra, cordón umbilical, mujer musical e histórica, sentimental, visceral, sola.

Enredadas entre hombres que abandonan, ellas siempre víctimas tienen fantasmas que le atenazan los sueños y la vida.

No es un mundo ficcional en el que solo las mujeres habitan. Los hombres permanecen en el éter. Julio es la ilusión de un hombre del que solo conocen la voz a través de un programa de radio. Los demás son el mal, la sombra que amenaza, es el asesino en serie; el padre, un borracho; el muchacho que recluta, la tentación; el coronel, el poder.

El hijo es el único que se salva, es la perpetuidad, es el fin. Es el futuro ausente e incierto, que quizás, ¿no será también un peligro?

Terminé de leer el libro y quise preguntarle a Yunier Riquenes, si la Sureis era jabá de ojos azules, una de las mujeres a las que Yunier le dedica su libro, una santiaguera que yo conocí hace años atrás y que ahora vive en otra parte del mundo. Pero no importa, mi empeño se diluye en tantas otras mujeres que el escritor construye en La edad de las ataduras o en la impotencia que me crea la distancia: Yunier vive lejos, en el otro extremo de esta isla que se empeña en ser infinitamente estrecha, larga y obsesionante.

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