Juan Gelman: o “los disparos de la palabra”


Por Graciela Azcárate

“Seguro que escribo poesía de puro holgazán, porque la ventaja de los versos es la brevedad”.

o “los disparos de la palabra”Cuando a Juan Gelman le dieron el Premio Cervantes a fines del 2007, de manera unánime se alzó un coro de voces celebrando ese premio tan merecido. Desde su amigo de toda la vida Osvaldo Bayer hasta admiradores anónimos que hace diez años le armaron una página en Internet para difundir la búsqueda de su nieta nacida en cautiverio y el pedido de justicia para los asesinos de su hijo y nuera.Conocí a Juan en Nicaragua, en 1982, alguna vez hice una crónica de aquella amistad y de aquellos tiempos tan lindos. Heredé sus libros de Managua y durante algún tiempo me envió sus libros desde París o Madrid.Con don Juan Bosch, otro de sus admiradores compartí muchos libros que el otro Juan me hacía llegar. A don Juan le gustaba particularmente un poema de los sesenta dedicado a Toussaint Loverture, donde le decía algo así como “negro libertario que nos arrancó de la esclavitud con los disparos de la palabra”. No puedo citar el poema porque le regalé esa edición bilingue a don Juan hace  de eso más de veinte años.Si bien a Juan lo premian por su obra poética no es menos cierto que en estos “tiempos de canallas” como diría Liliam Hellman a él se le reconoce su inclaudicable búsqueda de justicia no sólo para su familia desaparecida o sus compañeros de militancia asesinados sino que su poesía se convirtió en “esos disparos de la palabra” que liberan la condición humana de la tortura y la traición. Hace veinte años grabé en madera una serie de  sus poemas.  La serie se llama “Juanito Mañana” en homenaje a mi hijo más chico que aprendía a hablar y sólo conjugaba en futuro. En las maderas dibujé el optimismo de mi chiquito con esa luz de esperanza que a pesar del dolor, Juan el poeta escribía en sus poemas. Todos los días cuando bajo a pasear mis perros veo de ida y vuelta un grabado enorme de aquella serie que enmarqué y colgué en el descanso de la escalera de mi apartamento. El poema se titula “La calora” y dice así: “como una hierba, como un niño, como un pajarito/ nace la poesía / la torturan/ y nace/ la sentencian/ y nace/ la fusilan y nace/ la calor, la cantora.”A él, que le gustaba tanto Toussaint, debe alegrarlo compartir con su poesía “esos disparos de la palabra” que a quemarropa disparan los “negros libertarios” de la poesía caribeña como Cesaire, Stephen Alexis, Jacques Roumain o René Depestre.La biografía del poetaJuan Gelman nació en Buenos Aires, en el barrio de Villa Crespo, el 3 de mayo de  1930. Era el tercer hijo de un matrimonio de inmigrantes ucranianos. Su padre, José Gelman, había participado de la revolución rusa de 1905. Estudió en el Colegio Nacional de Buenos Aires. Empezó a estudiar química, pero abandonó  para dedicarse a la poesía. Fue camionero, vendedor de repuestos de coches hasta  que ingresó al periodismo. En 1954 trabajó como redactor en Nuestra Palabra y en el diario comunista La Hora, y como corresponsal de la agencia china Xin Hua. Integró el grupo de jóvenes que se reunían en torno de la revista Muchachos. Su primera obra publicada,” Violín y otras cuestiones”,  fue prologada con entusiasmo por otro grande de la poesía, Raúl González Tuñon, recibió inmediatamente el elogio de la crítica.En la década de los setenta fue integrante de la organización Montoneros en la sección de prensa y cultura, salió al exilio y fue condenado a muerte por la misma organización por disidente y por denunciar las prácticas fascistas del grupo guerrillero. Forzado a un doble exilio, el de Argentina y el de la militancia residió en Roma, Madrid, Managua, París, Nueva York y México. Durante ese largo exilio alternó su actividad política contra la dictadura militar con trabajos de traducción para la UNESCO y su trabajo con la poesía. En 1988  pudo regresar a la Argentina después de trece años de proscripción y persecución judicial. En el año 2000, después de una tenaz búsqueda, encontró e identificó a su nieta a la que nunca conoció tras la desaparición y asesinato de su hijo y su nuera. Está casado con una psicoanalista mejicana Mara Lamadrid y vive de manera permanente en México.Según palabras de Julio Cortázar, “acaso lo más admirable en su poesía es su casi impensable ternura allí donde más se justificaría el paroxismo del rechazo y la denuncia, su invocación de tantas sombras desde una voz que sosiega y arrulla, una permanente caricia de palabras sobre tumbas ignotas”. Es considerado como uno de los más grandes poetas contemporáneos, ”su obra delata una ambiciosa búsqueda de un lenguaje trascendente, ya sea a través del “realismo crítico” y el intimismo, primeramente, y luego con la apertura hacia otras modalidades, la singularidad de un estilo, de una manera de ver el mundo, la conjugación de una aventura verbal que no descarta el compromiso social y político, como una forma de templar la poesía con las grandes cuestiones de nuestro tiempo”.Su obra, junto con la de Mario Benedetti y la de Oliverio Girondo, formó parte  del guión de la película El lado oscuro del corazón (1992) de Eliseo Subiela. El murmullo del barrio“El único argentino de la familia soy yo. Mis padres y mis dos hermanos eran ucranianos. Emigraron en 1928. Mi padre era un socialrrevolucionario que había participado en la revolución de 1905. Yo no lo supe sino mucho después, en 1957, cuando encontré en Moscú a dos tías y a una prima que aún vivían en la casa de madera donde mi padre se había refugiado, y de la que debió escapar porque la policía del zar le pisaba los talones. Después anduvo por otras regiones de Rusia, vaya a saber por dónde, hasta que decidió ir a Buenos Aires. Llegó por primera vez en 1912, escapando del servicio militar.Con un pasaporte falso partió hacia Génova. Ahí supo que zarparían dos barcos: uno hacia Nueva York y otro a Buenos Aires. El de Buenos Aires salió primero y en él se fue. Vivió en la capital argentina hasta que regresó a su tierra de origen, en los inicios de la revolución rusa, Volvió esperanzado porque eran momentos de cierto pluralismo. Como todo mundo sabe, los espacios se fueron cerrando.Lo que lo desilusionó fue, sobre todo, la expulsión de Trotsky del Partido Comunista y su destierro en Alma Ata, en la frontera de Manchuria. Aunque él no era trotskista en absoluto, admiraba a Trotsky y pensaba que con su salida de escena se terminaban las últimas posibilidades de un debate democrático en la Unión Soviética. Entonces se fueron todos con pasaportes falsos, inaugurando así la tradición de pasaportes falsos en la familia. Mi hermana tenía tres años.Él era obrero ferroviario, carpintero. En 1928 volvió a Buenos Aires con mi madre y mis dos hermanos mayores. Ahí siguió de carpintero y luego de pequeño comerciante. (Ella) había sido estudiante de medicina en Odesa. Era hija de un rabino metido en su shtetl, un pequeño pueblo judío donde fungía como juez de paz. Era una especie de santo que se alimentaba de té y pan. Muchos años después, en la poesía norteamericana de los años 20, encontré la referencia del té y el pan en la boca del poeta judío.Mi infancia está muy lejos, en el barrio de Villa Crespo, en Buenos Aires. Nací ahí porque en un momento tan delicado como un alumbramiento quise acompañar a mi madre. Corresponde a un caballero estar con una mujer querida en una zona difícil como el parto… Mi infancia también está llena de cosas que no viví. Por ejemplo de historias extraordinarias y terribles que mi madre me contaba, como el día aquel en que los cosacos quemaron todo durante un pogrom y mi abuela entró en la casa en llamas para salvar a sus hijos. Perdió uno. Cada vez que había peligro, mi abuelo sacaba una arquilla con un pergamino de mil setecientos y corno en el Génesis leía: “El rabino tal engendró al rabino tal que engendró a tal..” El era el último de la lista. Cuando existía una amenaza, la lectura del pergamino les otorgaba cierto sentido de continuidad y supervivencia. Mi padre era uno de esos obreros de la Rusia revolucionaria que sabía de todo: economía, historia, ciencias políticas. Lo que ahora se llamaría un tipo culto. Mi madre… amaba la música, nos hacía estudiar piano.(…) Me enamoré de una vecinita … Me encantaban sus rodillas sucias. Me salían versitos de amor, rimados. (…) Mi padre era un lector voraz. Mi madre, por su herencia rabínica, tenía un modo de entender la vida donde la pobreza existe, sí, es un hecho, pero ahí no se acaba el espíritu humano. Crecí con una vida repartida: la del colegio donde me rozaba con gente de otras clases y la vida del barrio en el que, de paso, hice el escalafón completo: billar, mujeres, organillos, fútbol, milonga y esas cosas.(…) Yo fui milonguero desde los 15 años. En aquel mundo de entonces el baile me interesaba mucho. Borges dice que el tango es una manera de caminar. Yo no lo voy a corregir, pero me parece que es una manera de conversar. Frente a una muchacha que no conocés es la mejor manera de iniciar una buena conversación. Luego la conversación pasará a otras regiones distintas, al baile, las inevitables preguntas sobre el otro. Por eso creo que la milonga es una forma de conversar, un diálogo bailable.(…) Uno se pasa años escribiendo sin pensar que va a publicar, simplemente escribiendo porque tenés necesidad de hacerlo. Había un grupo de muchachos, no todos poetas, que me alentaron para publicar. Con otros poetas, Héctor Negro, Julio C. Silvain, Di Taranto, estábamos todos en la misma. Editábamos EÍ Pan Duro, para autopublicarnos. El sistema era la venta previa de bonos; cada bono valía un libro y con ese dinero imprimíamos. Se decidía entre todos cuáles eran los libros que iban a aparecer, el orden y todo lo demás. Lo extraordinario era que no había competitividad entre nosotros y en votación se decidió que Violín y otras cuestiones fuera el primero en salir, luego apareció el de Héctor Negro”.

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