Escribir es navegar a la deriva


Escrito por Yunier Riquenes García 

Claustrofobias.- 11 de mayo de 2012 .- Cada región, por muy pequeña y alejada que parezca, acoge en su interior a personas que, con el paso del tiempo, aman –incluso- el polvo, las piedras, el olor de donde nacen. Personas que se entregan, se convierten en sus cronistas a través de varios oficios, pero siempre traspasando de generación en generación las diferentes costumbres. Félix Sánchez Rodríguez es una de estas personas, hijo de la Isla nuestra: la infinita y la profunda. Uno de los hombres que promueve y destaca hasta el fin las huellas de su tierra natal. Desde Ciego de Ávila ha sido uno de los escritores más premiados en varios concursos en el país. En el 2004 mereció el Premio UNEAC con la novela Zugzwang y en el 2010 el Premio Iberoamericano de cuento Julio Cortázar, entre otros muchos.

Escribir, decía Clarice Lispector, es una maldición. Para ti, ¿escribir es un acto maldito?

Maldito en la medida que es algo de lo que no puedes salir, es esclavizante. Tiene para mí esa ambigüedad: un acto que disfrutas, pero que no puedes dejar de asumir y desde ese ángulo eres tú su esclavo. El te subordina, te hace recalar en él siempre. No tienes modo de hacerle trampas, te roba tu poco tiempo, se te impone. Recuerdo a Rilke con esa genialidad de “Si puedes vivir sin escribir no escribas”. Una sentencia que dice muchas cosas. Entre ellas que solo vale la pena escribir si escribir lo es todo para ti. No hay escritor auténtico que sea libre, en escribir y tratar de hacerlo cada día mejor se le irá la vida. Es un acto feliz. Y maldito porque no tienes modo de escapar de él, estás maldecido, embrujado, y sabes que no podrás escapar de ahí. Pero lo de maldito tiene también otra connotación, relacionada con la función. Al escribir realizas un acto nada ingenuo ni cortés: te metes con la vida, con la gente, inventas personajes para que hagan y digan lo que tú quieres.

¿Desde cuándo la pasión por la lectura y la escritura?

Nací en una casa sin televisor, sin refrigerador, con techo de guano, un hogar modesto, como se dice ahora como eufemismo para la pobreza, pero con libros. Mis recuerdos más lejanos tienen que ver con libros: yo leyendo, deletreando en un libro, entre las piernas de mi tío Carlos, tocando unos libros olorosos a papel, acabados de traer mi padre. Mi padre, un descendiente de isleño, cortador de caña, tenía una inclinación grande por el saber. Estudió por correspondencia y se hizo un artista de la mecánica, y sentía una gran inclinación por la cultura. Compró a plazos un cine, tenía una victrola en casa para oír discos y leía todos los días, al mediodía, hasta quedarse dormido, y por la noche. Los libros amanecían debajo de la cama, un mal hábito pero que da una idea de intimidad, superior a levantarse y llevar un libro a la biblioteca. Eso de dormirse con el libro arriba me parece una comunión excelente. Es verdad que a veces los desencuadernaba (eso les pasaba a los de Huracán sin necesidad de dormir sobre ellos), pero creo que era más virtud que mal hábito esto. También era aficionado a la fotografía, coleccionaba las selecciones, tenía un álbum de fotos tomadas con su camarita de cajón. Y un día encontré una libreta con décimas de él. Una libreta gorda, la recuerdo, con décimas escritas con una tinta verde. Eso fue decisivo. Aunque me han dicho que yo hacía poesías, que le saqué una a Camilo en el 59, tenía unos 4 años y medio. Aprendí a leer muy chiquito, mi tío Carlos (tío abuelo), mi tía Idalmis, mi mamá, se deleitaban enseñándome, como si adivinaran que eso sería importante en mi vida futura. Mi mamá recuerda que sabía firmar a los cuatro años, con una letra muy decente. En mi familia se me tenía por algo de precoz, siempre con ese exceso de la familia. Hoy creo que por lo menos raro era. Porque eso de coger todas las tardes para meterme en una cama a leer Las memorias del club Pickib o Moby Dick a los ocho o nueve años, es verdad que era raro. No había división entre libros para mí y los de mi padre. No había el problema del niño que sube a Literatura General y lo envían a la sala infantil, la biblioteca en casa es lo mejor. Yo cogía el libro que me parecía, una exploración, y a leer. Recuerdo haber leído a Poe, Stevenson, la colección de la Revista Selecciones: recuerdo de ellas textos como Ascensión al Annapurna, que me impresionó, La navaja, Con la cruz ajena, Las tres caras de Eva. Un día empecé a concebir mis propias historias. Escribí un pedazo de novela sobre un niño que salía del puerto de Glasgow, recuerdo ese detalle del puerto inglés porque lo busqué en un mapa. En la Columna Juvenil del Centenario, adonde entré a los 16, me hice la costumbre de dedicar las noches a escribir. De 1971 a 1978 estuve laborando allí como maestro, como jefe de enseñanza y eso me vinculaba con los libros. De 1971 a 1973 llené una caja de libretas. En 1973, en un traslado perdí la caja, se me quedó en un camión. No creo que hubiese ahí nada de valor definitivo, pero sí ideas. Y me habría gustado leer hoy eso, ver cómo escribía a esa edad. Fue una etapa en que se probó mi vocación por que en todo ese tiempo no encontré a nadie que hiciera lo mismo. No le decía a nadie que escribía, sabía que era algo muy raro. Por supuesto, no sabía nada de publicar, de talleres, de esas cosas. Yo me realizaba escribiendo y ya, imitando. Escribí cuentos a lo Poe, una novela policíaca completa, que se perdió. El traslado me provocó la pérdida de la libreta pero me encontré allí en la nueva unidad con alguien que escribía. Me sentí menos solo. Recuerdo que me prestó La guerra tuvo seis nombres de Heras León, como un gran libro, y un cuaderno de Germán Piniella con un cuento precioso que aún recuerdo: Sirena. Y esa persona me conectó en 1974 con el Taller César Vallejo de Ciego de Ávila. Fui una noche y ahí conocí de golpe a Ibrahím, a Manzano, a Raúl Doblado, a Nora Susana, a Margarita García Veitía. Leí unos cuentos, unos poemas y me alentaron. En ese mismo año obtuve una mención en Poesía infantil en el I Encuentro Debate Nacional de Talleres Literarios. Fue el arranque en serio. Tenía 19 años. Vino entonces una etapa de escribir mucho. Mi tiempo se dividía en las tareas de la unidad y escribir y escribir. En 1975 envié un libro de cuentos al concurso David y me seleccionaron uno para una antología, que salió en 1976. El cuento se llama “Como hormigas”.

¿Cúal Félix prefieres: el novelista o el cuentista?

Lo primero que sometí a consideración de otro fue un texto que envié a la sección de Verde Olivo que atendía a los que empezaban a escribir. Era un texto muy frondoso de imágenes, con poca acción pero mucha descripción. Me respondieron en la Verde Olivo. El consejo: dedicarme más a la novela. No le hice caso a eso. Pero poco a poco me he dado cuenta que soy mejor cuentista, no que sea bueno, sino que dentro de mi propioranking, soy mejor en los cuentos. Ahora, mi verdadera aspiración es escribir novelas. De modo que me prefiero muriendo ante una novela, reescribiéndola diez veces, sufriendo con ella. Tengo mi opinión: escasean las novelas excelentes si se compara con los cuentos esos redondos, geniales que uno puede contar por decenas. Por mi personalidad, por la tendencia a estar enjuiciando la sociedad, lo colectivo, siento que la novela es mi género, donde puedo meter cosas más complejas. Pero envidio más a los cuentistas que a los novelistas. Pocas novelas me han cautivado como lo han hecho muchos cuentos. Y mirando hacia atrás creo que lo mejor que he escrito es una novela que se llama Juegos de diciembre. Gente aguda, implacable, me han dicho que es mi mejor libro. Pero otros me han aconsejado insistir más en el cuento. Conclusión: historias breves y largas tirando de uno y uno sin recetas, sin reglamentos que te digan qué hacer. Eso también es parte de los debates internos del creador. No olvidemos que Cervantes antes de llegar al Quijote había pasado por la obsesión de ser mejor poeta y dramaturgo que sus contemporáneos. Creo que al final dijo, se acabaron las rivalidades, me rindo, no voy a sufrir más, voy a divertirme, y ya sabemos en lo que terminó la broma. Escribir es navegar a la deriva, es la única ley que nos mueve, una ley del desorden.

¿Has podido desdoblarte del escritor de narrativa?

Yo creo que el escritor es un artista de la palabra, alguien que tiene a la palabra como materia de la creación y como con la palabra se pueden hacer poemas, cuentos, obras de teatro, uno empieza a probar con ese material, a intentar, a ver cómo le va. Eso es natural, no creo que un escritor se concentre en un género sin intentar también los otros, son excepciones. Yo empecé haciendo poemas, publiqué algunos sueltos, hay un cuadernito publicado por la Universidad de Ciego de Ávila. Fue algo en lo que influyó mucho Nogueras, yo sentía una afinidad con él en eso del juego, del humor, y escribí algunas cosas, bastante. Recuerdo un premio en un encuentro debate provincial, cosas así. Pero eso lo hacía paralelamente a la escritura de cuentos. Tengo varias obras de teatro escritas, por ahí por algún cajón. Con la literatura infantil me pasó algo parecido, escribí poemas, décimas. Anisia Miranda atendía un taller en Ciego, nos invitaba y nos estimuló. En 1985 Gente Nueva publicó Cascabeles, un libro a seis manos, de tres avileños (un tercio de libro para mí). Pero tras esa etapa no he escrito más poesía para niños. A finales de 1999 se me ocurrió una historia de un niño que de tanto llorar gasta sus lágrimas, su asignación para toda la vida, y vive el conflicto de no poder llorar. Fue una novela, Lagri, que obtuvo el premio Eliseo Diego y se publicó en 1999. Leo mucha literatura infantil, atiendo incluso un taller con escritores de ella. Ahora trabajo en otra novela para niños, estoy embullado con ella. Pero son actos que no me obsesionan, los asumo, escribo y puede esperar eso ahí varios años. No es el caso del cuento y la novela, que es algo que no me deja ir. Textos a los que vuelvo todos los días, paso de uno a otro, pero no los puedo dejar. Últimamente, después de los 45 me ha dado por escribir algunas reflexiones, algunos textos especulativos, de intenciones ensayísticas, siempre con la distancia que me marca el ensayo, que lo respeto mucho porque es un género que exige mucho conocimiento y hoy día muchas fuentes, muchas citas, y no me creo con teoría detrás (y dentro) para eso. Poesía si no escribiré jamás, veo libros muy malos por ahí y a veces me digo: yo pudiera hacer esto, sí, pero que valor tiene que tu puedas como máximo llegar a escribir malos poemas. Es mejor seguir con la narrativa. Ahí me siento distinto: leo a Vargas Llosa, a Carlos Fuentes y me digo: esto yo lo puedo hacer, no es imposible, va y me muero en el intento pero no lo veo imposible. No me ocurre con la buena poesía. Leo libros de buenos poetas y me digo: son unos elegidos, son gente con un don que yo no tengo, ahí no llegaré nunca, y hago las paces con la poesía.

En la narrativa actual, existe una tendencia a utilizar el metatexto, la mayoría de los personajes son intelectuales, y en muchos casos, escritores. ¿Qué criterio tienes sobre este fenómeno?

Yo creo que es una tendencia no solo en Cuba y tampoco hija de la modernidad. El escritor al tipo de personaje que mejor conoce es a un personaje afín con él. No veo eso ni como una limitación. Todo está en lo que suceda con ese personaje. El intelectual ante la sociedad, sus relaciones con ella, es uno de los grandes temas de la literatura, y lo seguirá siendo. Una cosa es que la obra termine en un narcisismo y otra que esos conflictos arrojen luz sobre algo más allá. El periodista de Sostiene Pereira es un buen ejemplo de esto último. Hay miles de ejemplos de músicos, escritores, que enriquecen con su compleja personalidad la complejidad de toda buena literatura. Yo creo que la civilización va conformando hace rato un tipo de contradicción que no es del tipo de hace años: de obreros en huelgas, de masas en un mitin. Las injusticias de hoy día no requieren tanto de una solución a lo Robin Hood como de un combate donde las ideas, las concepciones, las teorías, sean atacadas o apoyadas por gente con la capacidad para erigirse en voceros de los demás. Si el escritor se mete en historias de este último tipo tiene que tener personajes aptos para estas acciones: no con la fuerza de Hércules, ni con la puntería de Tell,  pero con estatura ideológica, diríamos, y habilidades para actuar en ese terreno que es de por sí intelectual. Un filósofo, un novelista, un periodista, es más temido por el poder hoy que lo que temían los reyes del medioevo a un espadachín justiciero. Así que creo que la tendencia es una línea que avanza hacia arriba.

¿Consideras que el hecho de tratar elementos de la ruralidad en la actual narrativa signifique una desventaja con respecto a la que aborda temáticas de las grandes ciudades?

Lo rural ha perdido protagonismo, a mi modo de ver. Hace rato que lo que se pinta es como se refleja la ciudad en el campo, de modo que la ciudad es el objeto y el campo deviene en un tipo de espejo. Eso es bueno para la obra porque hay más escenarios, más personajes y los personajes rurales son muy típicos. Pero es un engaño pensar que se vuelva al mundo rural como centro de una gran novela. No lo creo posible. Ahora, en Cuba tenemos una situación, la mayoría de nuestras ciudades son semirurales. El cubano medio vive en un espacio con rasgos de ciudad y de campo. Eso es lo que uno encuentra en la obra de Guillermo Vidal, por ejemplo. Esa hibridez es buena para la literatura, siempre ella al acecho de los grises, de las zonas imprecisas. Se han invertido los papeles, el campo depende más de la ciudad. El cronotopo del campo como lugar de donde parten los alimentos, desde el cual se abastece la ciudad, donde está la naturaleza con todo su esplendor, donde el tiempo discurre más tranquilamente, en ciclos de cosechas y estaciones, escenario de amaneceres y puestas de sol, ha perdido jerarquía ante la calle, el parque, el estadio, la casa urbana. No creo que se pueda hablar de desventajas, puede escribirse una gran obra hoy día que transcurra toda en el campo, pero el que sea ese el escenario no quiere decir que sea una obra rural. Si la gente ahí está atenta a las elecciones, a lo que dijo el periódico, al pariente que llega en un avión, nos daremos cuenta que no se puede hablar de ruralidad, ella solo estará como escenografía. El campo moderno es eso, una combinación del espíritu de la ciudad con el espacio rural, es una combinación que por su riqueza, su ambigüedad, es muy literaria.

¿Cómo surgió Zugzwang, Premio  de novela UNEAC 2004?

La idea de Zugzwang nació en una tienda en divisas. Un escritor debe conocer todo lo que ocurre a su alrededor, observar a la gente. Entro a esas tiendas y después de cumplir mi tarea: el desodorante, el jabón, me tomo mi tiempo y camino y miro, y escucho a la gente. Un día me dio por seguir a dos viejitas muy finas, muy simpáticas que recorrían la parte de los alimentos y las escuché hablar. Hablaban de productos, de platos, de invertir en esto y lo otro, y me parecían gente de otro país. Me sonreí al decírmelo yo mismo: es que hay gente que vive aquí pero es como si hubiera emigrado, ya no necesita irse. Esa fue como la chispa inicial. Sentí que había encontrado algo que podía propiciar una historia alucinante. Luego vino el resto: el personaje, el abordar ese exilio interior desde el absurdo de alguien que fija fecha para pasar al otro lado dentro del país como se fija la fecha de un viaje, de un vuelo. Cuando se fija una fecha pues eso desencadena todo un actuar de preparación, todo un orden de acciones. Si fijaba la fecha lograba entonces crear una tensión: el personaje tenía que prepararse para ese cruce: tenía que resolver tareas materiales y espirituales. El término cruce, pasar al otro lado, en la voz del personaje, que cuenta en primera persona, acentúa ese absurdo. Ese es el núcleo de Zugzwang (este es un término del ajedrez que se emplea para calificar una situación sin salida). Una palabra alemana no siempre gusta como título. Pero yo creo que los títulos son rehechos por el texto. Creo que Rayuela es un título horrible, pero luego de leer la novela uno no concibe que se pueda llamar de otra manera. Además probé con decenas de títulos y casi siempre me decían demasiado, me revelaban algo de la novela y yo quería un título que hiciera lo contrario, que no revelara nada, que alguien pudiera pensar que era el nombre de una persona, de un lugar. Un título puede servir para esconder, como no. Zugzwang es una novela del “insilio”, como me reveló Francis riéndose. La tensión del país que se dolariza para salvarse, que encuentra una solución global pero con sus precios. Los escritores escribimos sobre eso, sobre los precios también, los sacrificios individuales. Yo puedo pensar a nivel de país en una solución salvadora para dentro de veinte años, y es válida, veinte años no es nada para un país, pero para las personas que tienen sesenta años esos veinte años son otra cosa, son el colofón de su vida. Las escalas son distintas en lo social y lo individual. Es algo muy dramático y la literatura no puede darle la espalda a ese drama, un drama tan drama como un drama bélico aunque le falte el ulular de las sirenas y las explosiones de las bombas.

Santiago de Cuba y Ciego de Ávila, 2006

Léete también de Félix Sánchez…sus reflexiones acerca de la “canasta básica”

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One Comment to “Escribir es navegar a la deriva”

  1. Felicidades a este escritor del “insilio”. No es fácil nadar dentro del río cuando se sabe que el agua no sostiene con la misma fuerza que el mar.

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