Leslie Howard y el vuelo 777


Por Rodolfo Santovenia 

Estatura moderada y silueta fina. Frente amplia y mirada un tanto irónica. Bajo su descuidada elegancia se percibe una afectada distinción. En algún momento opacó la indolencia de Anthony Eden, el ministro de asuntos exteriores de su país. O la voz shakesperiana de Lawrence Olivier, célebres ambas por todo el mundo.
Y es que Leslie Howard (1892-1943) era el más inglés de los actores ingleses. Cierto que no poseía la fotogenia requerida por la industria del cine, pero su secreto estaba en que era el guardián de la llave maestra de la ternura y ya se sabe lo que eso significa.
Así pudo llevar a Heather Angel a conocer la fuerza del amor, a través de los siglos, en La Plaza Berkely, de Frank Lloyd. Y hacer que Ingrid Bergman considerara lógico irse con él, y amarlo por encima de todos los prejuicios, en Intermezzo, de Gregory Ratoff.
Su carrera está llena de actuaciones memorables. Fue el estudiante cojo, de Servidumbre Humana, de John Cromwell; el heroico aristócrata de La Pimpinela Escarlata, de Harold Young; el Romeo de la versión del drama de Shakespeare, que dirigió George Cukor.
Y, por supuesto, el amor imposible de Scarlett O´Hara, en Lo que el viento se llevó, de Victor Fleming. Un papel que aceptó, con poco entusiasmo, pues consideraba que el personaje del sureño Ashley Wilkes era demasiado débil y podía perjudicar su carrera.
En 1939 tiene 46 años y su fama está en la cumbre. Un día, acostado en el diván preferido de su hogar, en Beverly Hills, a las puertas de Hollywood, espera la llamada del productor Selznick para una nueva película. El teléfono suena y, cuando cuelga, dice impávido a su agente artístico: “La guerra ha comenzado, regreso a la patria”.
En Inglaterra produjo varios documentales para el gobierno, en apoyo a la causa aliada, e intervino en algunas películas, como Los Invasores, de Michael Powell; Pimpinela Smith, que dirige; El primero de los pocos, de la que es autor; mas otras dos de las que sólo es productor.
Tres años después le proponen una misión. Se trata de neutralizar la propaganda alemana en España y Portugal. Hablar a sus agentes de la cultura inglesa. Misión para difundir ideas; pero también misión para recoger información y pasarla al Intelligence Service de su país.
La historia del viaje merece ser contada. Cuando parte de Londres, le acompaña Alfred Chenhalls, su empresario y mejor amigo, que se parece asombrosamente a Winston Churchill, el primer ministro británico.
Tiene el grosor del político, la calva, la voz, los gestos. Y para que nadie deje de equivocarse, viste a menudo de manera similar a la de su sosía y fuma constantemente el enorme tabaco característico.
Ambos se instalan, cuando llegan a Madrid, en un nido de espías: el hotel Ritz, lugar donde Howard descubre, y a petición suya le es presentada una mujer de extraordinaria belleza. Escena que no escapa a dos agentes ingleses y da lugar a un mensaje que envían al War Office.
En el informe se notifica el encuentro con la mujer, que se hace llamar “condesa de Miranda” y trabaja para los nazis. Asimismo, se aclara que es “peligrosa”.
Juntos se les vio en una gran comida organizada por la Embajada británica y en la ocasión la pareja intimó más, al extremo que el embajador del Tercer Reich, cuando recibió las fotos de la velada, transmitió a Berlin un mensaje en el que alertaba que Miranda los había traicionado y se debía hacer algo.
Una semana después, el actor y Chenhalls tomaron un tren para Lisboa. Durante la despedida, en el andén, se pudo ver a una mujer inmóvil y sola. La víspera había tenido que entregar su pasaporte a los alemanes. En lo adelante, prisionera y sin documentos, la condesa de Miranda no abandonaría España, y jamás se oiría hablar de ella.
A la hora en que partió el tren para Lisboa, Winston Churchill y Anthony Eden se encontraban en Argelia. Habían visto a F. D. Roosevelt, visitaban a De Gaulle y preparaban el regreso a Inglaterra. Por su parte, los servicios secretos ingleses dejaban filtrar el rumor de que, ya de retirada, ambos se detendrían en Portugal.
Los nazis muerden el anzuelo. Y sus agentes, a lo largo de la costa lusitana, asedian a Berlin con un parte sensacional: “Churchill es esperado aquí”.
El 1 de junio de 1943, en horas de la mañana, Leslie Howard y su empresario Alfred Chenhalls abordan un avión Dakota “Ibis” con las insignias blancas de la neutralidad pintadas en su fuselaje. El vuelo 777 iba a entrar en la historia.
Cerca de la una de la tarde, el solitario y pacífico aparato es asediado por una escuadrilla de Junkers 88 alemanes. En la torre de control de Whitchurch, Inglaterra, se recibe un último mensaje: “Estamos siendo agredidos por aviones enemigos”…
Sobre la tragedia existen varias versiones. Una asegura que Churchill utilizaba un “doble” para despistar al espionaje nazi. Otra afirma que los alemanes conocían de las actividades secretas del actor y éste era un candidato a ser ultimado. Y no falta la que sostiene que Howard tomó el avión a sabiendas de que su vida pendería de un hilo.
Por su parte, Churchill dice en sus Memorias que como había sido señalada su presencia en Africa del Norte, los alemanes estaban alertas, y ello fue causa de un drama que le entristeció profundamente.
“El avión regular estaba a punto de dejar Lisboa –relata- cuando un hombre de fuerte complexión, fumando un tabaco, apareció en el aeropuerto. Los agentes alemanes creyeron que yo estaba a bordo”.
“Ahora bien, aunque durante muchos meses ningún incidente se había producido en la línea Portugal-Inglaterra, la Luftwaffe recibió inmediatamente la orden de lanzarse al espacio y el inofensivo aparato fue abatido. Trece pasajeros civiles debían morir; entre ellos el bien conocido actor británico Leslie Howard, cuyo talento y dotes nos han sido preservados gracias a las deliciosas películas que hizo”.
Dijo poco. Howard, más que talento y dotes, pertenecía a esa galería de ídolos en que cada país cree encontrar, en un solo rostro, sus virtudes, extravagancias, temperamento y nobleza.

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