La fragilidad del cine


Por Rodolfo Santovenia

Ninguna otra forma de arte como el cine ha sufrido a lo largo de su existencia una destrucción semejante voluntaria o involuntaria. Desastre cuyas causas principales son de dos tipos. Las que dependen de erróneas concepciones sobre el cine. Y las que resultan de algunas características químicas del soporte de la película.

Las primeras devastaciones masivas se producen hacia la segunda década del pasado siglo cuando el cine reniega de sus orígenes feriales, de sus ingenuidades, para convertirse en un espectáculo de masas y en una industria.

Lo rodado por los pioneros pasa de moda. De pronto el cine se convierte en un arte autónomo con un lenguaje específico y la ruptura resulta violenta. La grandilocuencia, el irrealismo, ahora causan vergüenza. Y como consecuencia la producción de los inicios pierde bruscamente su carácter de mercancía.

Mercancía para ser exhibida, claro. Pero no para ser transformada, pues en ese producto anacrónico todavía existe un valor subyacente contenido en la película bajo forma de sales de plata y de nitrocelulosa. Y de esta manera, a nivel mundial, se pierde el 80 %  de lo que se había filmado.

Con la llegada del sonoro, la historia se repite y la destrucción en masa comienza de nuevo a diferente escala. Se desechan decenas de millares de copias. Los negativos corren igual suerte. Aparecen de nuevo los recuperadores de materia prima.

La tercera oleada arrasadora tiene lugar  lugar a principios de 1950, cuando se sustituye la película inflamable de nitrocelulosa por un soporte de seguridad: el filme de acetato que se funde y no arde.

Como resultado, se prohíbe el nitrato y los productores se ven en la alternativa de destruir sus negativos y copias o donarlos a las cinematecas y archivos. Y aunque hoy se sabe que los depósitos voluntarios fueron muchos, lo que se salvó está muy lejos de lo que se hubiera podido salvar.

Si nos atenemos a las estadísticas de películas “perdidas para siempre”, todo indica que ha desaparecido algo así como la mitad de las rodadas entre 1895 y 1950.

Las evaluaciones varían de un país a otro. De un sistema de producción a otro. Es evidente su relación con la evolución del mercado, así como con los adelantos técnicos en la esfera de la conservación.

Aunque es bueno aclarar que la frase “no se sabe qué haya sobrevivido” resulta mucho más apropiada que la tajante “perdida para siempre”, dado que los archivos de cine no disponen de un inventario mundial definitivo y  películas de todas las épocas todavía se encuentran en los sótanos de las grandes productoras, distribuidoras y laboratorios diseminados por  el mundo.

Así, cada cierto tiempo, llega la noticia de que tal o cual filme que se creía perdido se halló en alguno de esos lugares. O en el desván de la casa de un cineasta o de uno de sus descendientes. O en un remoto archivo fílmico donde permanecía oculto bajo un título falso.

Como las 33 películas encontradas en Dallas, Estados Unidos, rodadas entre 1898 y 1906,  que fueron noticia hace algún tiempo. Lote  compuesto por noticiosos de una sola toma, comedias, números de variedades y siete vistas panorámicas de los estragos ocasionados por el terremoto de San Francisco, en 1906. Además de 12 producciones de Lubin, una de Melies y otra de la Selig.

Un optimismo que  no es compartido por algunos investigadores, quienes dicen que las fuentes se secaron. Se ha recuperado toda la plata que se pudo recuperar. Los laboratorios ya no tienen copias secretas. Los inventarios están al día en todas partes. Y, como consecuencia, la búsqueda de tesoros ha concluido.

El cine es hijo de la tecnología. Al contrario de otras formas de arte, sólo puede crearse, utilizarse y avanzar mediante medios mecánicos o electrónicos. Hace años es el instrumento universal de la comunicación masiva y uno de los principales medios de registro y documentación históricos.

Actualmente, los adelantos en la esfera de la digitalización prometen soluciones felices para el antiguo problema de la conservación. Mediante las nuevas técnicas, se aspira a que el cine alcance una mayor “duración de vida”.

Sin embargo, la meta no se avizora todavía. Como Judy Garland en la memorable El mago de Oz, el cine espera encontrarla algún día al final del arco iris.

* Historiador y crítico cubano de cine. Autor del primer diccionario de cine de América Latina.

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