Gerard Philipe, el eterno adolescente


Por Rodolfo Santovenia (Para Prensa Latina) *

Pocos actores eran como él, tan fácil y seguro. Ya pueden ir buscando en todo el cine francés de sus años. En cuanto aparecía en la pantalla se engullía como un agujero negro todo lo que intentaba rebullir a su
alrededor. Y es que poseía esa vida interior imprescindible para que los personajes nos den la dimensión más profunda: la de su pensamiento.

Gerard Philipe (1922-1959) tenía cara de adolescente asombrado. La expresión le quedó así cuando Micheline Presle le cerró los postigos de su ventana en El diablo y la dama, de Autant-Lara, que relata la trágica relación amorosa entre un joven y una mujer cuyo marido está en la guerra.

Era el hombre que conoció el amor y el desengaño demasiado pronto. Desde entonces buscaba lo que era posible fuera de la realidad. Tenía algo de niño que ama. Y esta impresión no se le borró jamás. Phillipe sería siempre el estudiante enamorado.

Cuando llega a la pantalla gala los seductores que hay se mueven en otra cuerda. Sea el estilo más terrestre del blondo Henri Vidal. El ademán insolente de Michel Auclair. O la ternura y encanto de Daniel Gellin, con su figura escuálida y nariz de pimiento, en quien el intelecto
domina al pectoral.

Philipe eclipsa a los galanes de su tiempo. En el teatro podrá hacer Moliere y Racine pues también incursiona en las tablas. Pero en el cine encarna la juventud del mundo, con su cabellera descuidada, su
vestimenta bohemia y sus grandes ojos plácidos donde navegan todos sus sueños.

Por eso el realizador René Clair, que es otro soñador, lo entiende y le da el papel de un compositor musical cuya nota preferida no está en el teclado del piano, sino en las cuerdas del arpa de los sueños. Y
nuestro héroe, en Beldades nocturnas, viaje a través del tiempo, pues no encuentra la paz y la felicidad más que en el sueño.

Con esta película, el maestro francés se propone demostrar que nadie puede escapar a su propia época bajo el espejismo de que todo tiempo pasado fue mejor. Pero, sobre todo, le importa la forma cinematográfica que emplea, entrelazando los sueños y la realidad de manera que aquellos
sean alimentados por ésta y viceversa, como ocurre en el diario vivir.

Así, el continuo pasar de la acción del mundo real al universo soñado se realiza con plena naturalidad, beneficiando a la cinta de una fuerte solidez. Quizás el juego de Clair sea demasiado sutil y escamotes a
menudo el placer de una conquista transformándola en humo. Pero ese regreso de Philipe a la calle en que vive, donde le espera la vecina, le recuerda también al espectador la salida de la sala de cine. Y hacia allá
va, caminando rumbo a ese pedazo de sueño tangible que es la realidad.

Poseedor de una inteligencia intuitiva, su aspecto aniñado le permitía unir a la experiencia teatral la prestancia propia de los personajes juveniles que encarnaba con especial simpatía. Y de esta suerte se le
admirará seductor, cínico, cautivador, melancólico.

Sus personajes nacían de la comprensión inteligente de los mismos y de su inagotable fantasía creadora. Fue monsieur Ripois, para René Clement, en Amante a la medida; el príncipe Mischkin, para Georges Lampin, en El idiota; y Modigliani, para Jaques Becker, en Montparnasse 19.

Vistió uniforme militar de oficial de caballería en Grandes maniobras, de Clair; hábitos religiosos en El rojo y el negro, de Autant-Lara; y ropa del siglo XVI en Las aventuras de Hill, cinta que dirigió con
ayuda de Joris Ivens, el gran documentalista holandés.

Y en este género que obtiene un clamoroso éxito personal con el filme Fanfan el invencible, de Christian-Jaque, donde se le ve un poco a lo Douglas Fairbanks, y consigue un personaje que brinda alegre
entretenimiento para jóvenes y mayores, sin otras consecuencias que pasar un buen rato.

Exito que repetirá dos años más tarde en un papel radicalmente distinto; el del señor Ripois, un rompecorazones, un casi vagabundo mal vestido, mal afeitado y mal comido. Un personaje que en la novela de Louis Hemon está expresamente construido sobre la metafísica del mismo, mientras que en la películade Clement lo está visiblemente sobre el físico de Philipe.

En México protagonizó dos filmes que no fueron bien acogidos. Los orgullosos, de Ives Allegret, acompañado de Michele Morgan, historia de los amores entre una bella viuda y un médico más joven que ella. Y Los ambiciosos, de Luis Buñuel, que sería el último de su carrera, pues murió poco después de rodarse cuando todavía no se había estrenado.

Aquí tuvo como pareja a María Félix, quien deseaba hacer una gran película, entrar por la puerta grande en la historia del cine junto a un actor de prestigio mundial y un director consagrado.

Pero, lamentablemente, su sueño no se logró. Buñuel tuvo que alterar el argumento tantas veces (intervinieron cinco guionistas en el mismo) que el espectador tiene la impresión de estar viendo sólo el bosquejo de lo que pudo ser una buena película.

 Tiempo después de morir Philipe, el genial aragonés diría: “Era más que un gran actor, un hombre muy valioso. Habíamos hablado en Francia muchas veces de hacer una película juntos. Teníamos ideas y habíamos discutido argumentos. Pero, de pronto, nos propusieron uno a los dos y lo aceptamos”.

“Al final del rodaje yo le dije que estaba muy triste por no haber podido hacer una película mejor. El me dijo que la haríamos más adelante. Durante la filmación no le vi mucho, pues suelo meterme en mi
habitación cuando no ruedo. Pero, al final, me contó que la había pasado muy bien”.

*Historiador y crítico de cine. Autor del primer Diccionario de Cine de
América Latina.

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