Participación del espectador


Por Rodolfo Santovenia (Colaborador de Prensa Latina) *

La participación emocional del espectador se da cuando el público vive, de cierta forma, una acción ejecutada por el intérprete, y no llega sólo a comprenderla de una manera intelectual sino a clasificarla en determinada categoría conceptual.

Este fenómeno ocurre también a menudo en el teatro o durante la lectura de una novela. Pero, sin duda, se presenta con una agudeza muy peculiar en el curso de las representaciones cinematográficas, en razón de las condiciones en que son dadas.

Es decir, el intérprete deja de aparecer en la pantalla como una persona distinta y el espectador cesa de ser un individuo sentado en una butaca. De este modo entra de lleno en la piel del artista, según reza la conocida expresión.

Y es que la película provoca en el público un desdoblamiento entre  su sensibilidad subjetiva, que se une al ambiente, y el aspecto visual que desenvuelve ante él espacios imaginarios y los fija en el espacio extremadamente reducido de la pantalla.

Ocurrirá entonces que un aspecto prevalecerá sobre el otro. Puede que sea el aspecto subjetivo, en cuyo caso el espectador no estará atento, la película le parecerá fastidiosa y se aburrirá. Además se moverá una y otra vez en el asiento, se cansará y hasta puede que se duerma. Esas son sus sensaciones propioceptivas, las sensaciones personales que han prevalecido sobre el espacio visual.

Puede que la serie visual sea la que prevalezca, la que lo acapare y, al retenerlo, destruya en él todo sentimiento de su propia persona y se vea obligado a proyectarse, a identificarse con las escenas que se desarrollan en el lienzo de plata.

Como muchas veces se ha dicho, ante una película, la impresión de la realidad desaparece en provecho de un estado que recuerda el hipnótico.

La oscuridad de la sala; el movimiento rítmico de las escenas; la luminosidad anormal del estímulo inductor; la desparición progresiva de la estimulación sensorial son los cuatro elementos que confieren a esta situación características propias para provocar el sometimiento de las facultades críticas de la conciencia, que parece ser la condición sine qua non de la determinación del fenómeno proyectivo.

Y es que la cámara arrastra nuestra mirada hacia el lugar de la acción. Crea la impresión de ver las cosas “desde adentro”, como si estuviéramos rodeados por los personajes del filme. Ellos no necesitan
comunicarnos lo que sienten. Vemos lo que ellos ven y cómo lo ven.

Un ejemplo: el Romeo y Julieta, de Franco Zeffirelli. Aunque estamos sentados en la butaca, no vemos desde ella solamente a la joven pareja en la escena del balcón. También miramos hacia el balcón con los ojos de Romeo y vemos a Romeo con los de Julieta.

De esa manera, nuestra conciencia se identifica con los personajes mediante la mirada. Y vemos las cosas desde su punto de vista y no desde el nuestro.

En la medida en que identificamos las imágenes de la pantalla con la vida real, se pondrán en movimiento nuestras proyecciones e identificaciones con esa vida. Así los primeros espectadores de cine se asustaron en la medida que creyeron en la realidad del tren que parecía abalanzarse sobre ellos. Se sintieron a la vez actores y espectadores.

Como dice un ensayista francés, el espectador de las salas oscuras es un sujeto pasivo en estado puro. Nada puede hacer. Nada tiene que dar. Está paciente y padece. Está subyugado y sufre. Todo pasa fuera de su alcance. Y, al mismo tiempo, todo pasa en él, en su psiquis. Es entonces
cuando se abren las puertas del mito, del sueño, de la magia.

Otra cosa que debe subrayarse, de igual modo, es que el nivel de participación elemental en el espectador está en función de la comprensión estética del filme.

Lo que sirve de criterio de apreciación para esos millones de espectadores de que hablan las estadísticas no es nunca la verdad del fondo o la belleza de la forma. Es más bien el poder de sugestión de la obra. Haber sido o no “atrapado” es lo que cuenta, en definitiva, para valorar el espectáculo.

Si el filme ha dejado al espectador lúcido y dueño de sí mismo. Si este ha podido no sólo criticar e ironizar sino, tambien, admirar tal escena, tal decorado, o tal intérprete, es muy posible que la película no le haya satisfecho completamente. Pensará que es una más.

*Historiador y crítico de cine. Autor del primer Diccionario de Cine de
América Latina.

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