El cine de samurais


Por Rodolfo Santovenia   (Colaborador de Prensa Latina)

El cine de samurais gozó siempre del fervor del público japonés antes de cautivar al resto del mundo. Igualmente, ha sido muy abundante y sólo escaseó en los primeros años de la ocupación norteamericana después de la II Guerra Mundial, cuando fue prohibido so pretexto de que exaltaba el feudalismo, sentía predilección por las batallas y eran retrógrados en sus valores.
Los argumentos de este cine llevan a la pantalla, generalmente, la vida de míticos guerreros o de portentosos duelistas. También son frecuentes las historias de erráticos samurais, de bandidos, de jugadores, de huérfanos que buscan a sus padres samurais o de samurais enemigos envueltos en un ajuste de cuentas.
Las tramas se desarrollan en  apartados caminos. Avenidas bordeadas de pinos. Paisajes que tienen por fondo al Fujiyama. Y, también, en amurallados castillos de épocas pasadas, viejos templos y pequeñas aldeas.
Duelos y combates constituyeron parte medular de esas tramas. Y aquí es donde este cine se regodea y hasta exagera, pues a lo arriba citado habría que añadir los temas de la tradición del teatro Kabuki, como puede ser la revancha entre señores, la ambición de los nobles y la rivalidad entre clanes.
La fecha límite para este cine suele ser 1868, momento en que Japón adopta las costumbres occidentales y el emperador se traslada de Kyoto a Tokio, y se da inicio a una era de poder directo.
Aunque hay otra clave para ubicarlo en el tiempo y puede encontrarse en el peinado que exhiben los samurais, quienes llevan un arreglo que les deja al descubierto la frente y la parte alta de la cabeza. Y con una especie de cola de caballo que les baja desde el cráneo hasta la nuca.
O también en la vestimenta, que incluye el kimono estampado y el imponente sable, toda vez que si se tiene en cuenta que una de las primeras disposiciones del emperador Meiji fue ordenar que los hombres llevaran el pelo corto, regular la moda masculina y prohibir que se portara sable, se puede establecer fácilmente la época.
Por lo demás, en este tipo de cine la interpretación suele ser buena y en ocasiones excelente. Lo mismo que la fotografía, que se vale con profusión del claroscuro, y se deleita con los combates en la penumbra de un jardín o en los decorados de hojas de sauce llorón en los que brilla la luna.
Igualmente, los símbolos proliferan. Así, por el maquillaje aplicado a un actor puede deducirse si su personaje es o no un villano. Y si un samurai ha perdido su cola de caballo, saberse que está en un problema y las cosas no van bien.
Las primeras cintas mudas niponas ya contenían imágenes del samurai extraído del kabuki. Pero cierto día se le ocurrió a un teatrista nombrado Shozo Makino añadirles escenas de duelos y combates de sable, y aparecieron, entonces, peliculitas de un rollo, en las que plasmaba lo que se describía en las narraciones históricas, incluidas las escenas de acción, ausentes hasta ese momento.
Para encarnar al primer samurai verdadero del cine japonés, Makino recurrió a Matsunosuke Onoue, un actor que pisaba la escena desde los 6 años de edad, y gozaba de gran popularidad en las áreas rurales. El éxito de ambos fue tan clamoroso, que rodaron juntos 168 filmes entre 1909 y 1911.
Con los años, el samurai fue evolucionando. Y de héroes sin tacha pasaron a ser espadachines cínicos y de una violencia próxima al delirio. Marginado y errante, cuando no vagabundo, por doquiera que va su presencia es garantía de una espectacular degollina. Como el personaje de Tange Sazen, un psicópata violento que además parecía tuerto y manco.
La edad dorada del cine samurai comprende las décadas de 1950 y 1960, en las que sobresalen, en especial, tres realizadores: el infalible Akira Kurosawa, Masaka Kobayashi e Hideo Gosha. Tres grandes nombres del género.
Kurosawa, sobradamente conocido, parecía no tener preferencia por una sola línea temática. En su filmografía se puede encontrar una enorme variedad de temas. Lo mismo narra una historia del Japón medieval, con sus códigos guerreros y de honor, que un relato contemporáneo. Lo mismo una vivencia propia, que una adaptación de Shakespeare, Dostoievski o Gorki.
Nadie duda que realizó obras maestras y pocos como él para rodar los duelos con el virtuosismo suyo o la violencia gráfica que después sería retomada por otros. Además, no se deben olvidar sus palabras pronunciadas en Cannes durante un festival: “Mizoguchi y yo nos hemos repartido la galería de retratos del cine japonés. El, las mujeres; yo, los samurais”.
Kobayashi alcanzó la fama con su díptico Harakiri y Rebelión. Sobre todo con la primera cinta, historia de un samurai que vive en la miseria y decide suicidarse según el código de honor, pero desgraciadamente, ha debido vender su sable para comer y lo ha reemplazado por uno de madera.
Con este sable no logra abrirse el vientre según las reglas y debe suplicar que le corten la cabeza para abreviar su sufrimiento y deshonor. Al conocer lo ocurrido, su tío decide vengar al joven y extermina a los responsables de su deshonrosa muerte. El harakiri y la batalla final sobrepasan en atrocidad a lo que se había visto hasta entonces.
Finalmente, está Hideo Gosha, realizador de Tres sucios samurais y de Tiranía, magnífico filme que cuenta la matanza habida en una aldea y lo que sucede en tres años después cuando un grupo de aventureros buscan para matarlo a un samurai relacionado con la tragedia.

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