Bing Crosby, entre la canción y el cine


Por Rodolfo Santovenia (Colaborador de Prensa Latina)*

Preciso bisoñé, mirada de carnero degollado y orejas de murciélago. Con una voz suave, de timbre roto, puso de moda un nuevo tipo de cantante, el crooner, perpetuado después por Frank Sinatra, Dean Martin y otros.

Suavemente, en tono bajo y monótono, murmuraba unas melodías (interpretó más de dos mil durante toda su carrera) que daban la impresión a cualquier mortal de que también podría cantar así.

Bing Crosby (1904-1977) sustentaba su personalidad sobre la base del trato afable, jovial y el buen humor. Y sus canciones iban dirigidas primordialmente a auditorios familiares. Eran tonadas alegres,
despreocupadas, que intentaban esparcir un poco de felicidad.

No fue hasta su aparición como cantante en una serie de cortos que consiguió atraer la atención gramofónica y subsecuentemente el interés de los patrocinadores de programas radiales.

Su debut en el largometraje se produjo en El rey del jazz, del realizador Murray Anderson, una lujosa revista musical rodada en incipiente Technicolor, que contaba con la participación de Paul Whiteman y su orquesta, John Boles, Jeanette Loff, el violinista Joe Venuti y Bing Crosby con los Rhythm boys.

Luego intervino en dos de las cuatro cintas de la serie Big Broadcast creada por la Paramount y compartió reparto con grandes figuras del musical, como Kate Smith, Cab Calloway, Ethel Merman y el bailarín negro Bill Robinson.

Aunque justo es señalar que su gran despegue sería en Rumbo a Hollywood, de Raoul Walsh, en la que acompaña a la rubia Marion Davies y le coloca entre los 10 actores más populares de la pantalla norteamericana.

Durante esos años trabajó con algunas de las principales estrellas de la Paramount, como Carole Lombard, en No estamos vestidos, de Norman Taurog, según una conocida pieza teatral de James Barrie. La bella Joan Bennett, en Misisipi, de Edward Sutherland. O la magnífica comediante Miriam Hopkins, en Ella no me quiere, de Elliot Nugent, cinta en la que Crosby interpretó dos canciones escritas por él y que alcanzaron enorme popularidad.

Su cine marcaba la diferencia. En aquella época la Paramount daba abrigo a gran número de iconoclastas. Allí estaban en nómina Mae West, que hizo añicos los clichés sentimentales de femineidad e idilio amoroso; W.C. Fields, que se mofaba de todo y arremetía contra todos. Y los
Hermanos Marx, que hacían polvo las intocables imágenes de la alta finanza, la burguesía dominante, la forma de gobierno y cuanta cosa se les ocurriese.

Igualmente, el estudio toleraba los excesos sexuales de Von Sternberg o la mordaz ironía de las comedias de alcoba de Lubitch. De ahí que las películas de Crosby, que eran todo lo contrario, marcaran la diferencia, pues fueron utilizadas como contraste al presentar una sociedad optimista, sana y respetable que siempre recompensa la virtud.

Y, para probarlo, iba a ver sus películas, sin importarle la cara inocentona e inexpresiva del actor, de la que sólo les compensaba aquella voz suya tan característica para cantar los mejores fragmentos de jazz.

Sus años de mayor esplendor fueron durante las décadas del 40 y 50 en las que alcanzó su popularidad máxima, gracias, en parte, a las películas que hizo acompañado del cómico Bob Hope y de la muy de moda entonces Dorothy Lamour.

De estas gustadísimas cintas se hicieron siete en total: Camino de Bali, de Hong Kong, de Marruecos, de Río, de Singapur, de Utopía, y Camino de Zanzíbar. Obras todas que aportaron grandes ingresos a la Paramount, pues la fórmula canciones de Crosby más chistes de Hope, más curvas
de Dorothy, consiguió lo nunca imaginado.

El reconocimiento como actor le llegó con El buen pastor, de Leo McCarey, ganadora de varios premios Oscar, entre ellos uno para Crosby, por su interpretación de un joven cura en pugna con otro de mayor edad, más severo y tradicional (Barry Fitzgerald).

Papel, por cierto, que le sentaba a las mil maravillas. No olvidar que lo repitió después en otras oportunidades, como en Las campanas de Santa María y en Divino o profano. Acompañado en la primera por Ingrid Bergman, y en la otra por Debbie Reynolds.

La mejor actuación de su vida, sin embargo, es para muchos la que consiguió en La que volvió por su amor, de George Seaton, en donde interpreta a un actor de comedia musical de edad madura que se entrega a la bebida para reforzar su yo cuando su carrera empieza a declinar.

Basado en una obra de Cliffford Odets, el filme examinaba el alcoholismo a través de los ojos de una esposa fiel (Grace Kelly) resuelta a salvar su matrimonio.

Entre los últimos filmes que interpretó pudieran incluirse Alta sociedad, de Charles Walters, un lejano remake de Historias de Filadelfia, ahora con la presencia de Frank Sinatra, Louis Armstrong y  Grace Kelly, en su despedida de la pantalla.

Y una segunda versión de La diligencia, de Gordon Douglas, en la que interpreta a un médico borrachín que no suelta la botella. Actuación meritoria, aunque no a la altura de la anterior llevada a cabo por Thomas Mitchell, y que la valiera un Oscar.

Amante de los deportes, murió jugando golf. Estaba cerca de Madrid, acababa de disputar una partida cuando se desplomó sin conocimiento víctima de un ataque cardíaco.

Campeón de la venta de discos (400 millones vendidos por la marca que lo representaba, sin contar los distribuidos por otras firmas); monarca de la taquilla de cine de 1944 a 1948, Crosby solía decir que su calma, talento de actor y fantasía los debía al golf.

Es posible. Como también lo es que su popularidad se debía en gran parte a que encarnaba perfectamente al ciudadano medio de su país.

*Historiador y crítico de cine. Autor del primer Diccionario de cine de
América Latina.

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