Bela Lugosi, el conde Drácula


Por Rodolfo Santovenia (Colaborador de Prensa Latina) *

Era alto, de pelo castaño oscuro y ojos azul pardo. Nacido en Hungría, había realizado actividades teatrales y cinematográficas antes de trasladarse durante la segunda década del siglo pasado a los Estados unidos, donde alcanzó notoriedad como intérprete de filmes terroríficos.

La elección de Bela Lugosi (1882-1956 para el papel del conde mordedor no fue imaginada como el inicio de un género o como tentativa aislada de incursión en la entonces escasa tradición del cine de horror norteamericano, sino simplemente para trasladar al celuloide un resonante éxito teatral.

En 1927, se había presentado en Broadway una adaptación escénica de la novela de Bram Stoker, llevada a cabo por John Balderston y Hamilton Deane, que se mantuvo durante un año en cartelera y llevaba otros dos de gira por toda la nación.

De esa versión procedía el guión de Garrett Fort que iba a realizar el director Tod Browning para la Universal, con el legendario Lon Chaney en el personaje del siniestro aristócrata chupasangre. Pero, todavía en la etapa de preparación del rodaje, falleció el mítico intérprete.

Para Browning fue un duro golpe. Se trataba de un admirado y querido amigo al que había dirigido en varias cintas de éxito. Pero como el espectáculo debía continuar, la Universal decidió contratar al emigrado europeo creador de Drácula en los escenarios estadounidenses: Bela Lugosi.

La cinta se estrenó en Nueva York el Día de los enamorados de 1931. Fue lanzada con un eslogan publicitario que decía “La historia de amor más extraña de todas”, sin la menor alusión al tema del vampirismo, tal vez para evitar confusión con las muchas películas sobre mujeres fatales, devoradoras de hombres ricos y poderosos, que tenían inundado el mercado y daban evidentes muestras de fatiga.

Nada más apagarse las luces de la sala, aparecía en la pantalla, delante de una cortina, el actor Edward Van Sloan, quien personificaba al profesor Helsing de la trama. Y, dirigiéndose al público, afirmaba con
toda gravedad que “los vampiros existen realmente”.

A continuación los espectadores veian el viaje de Renfield (Dwight Frye) por los montes Cárpatos, su llegada al impresionante castillo y la elegante silueta de un caballero vestido de frac que se presenta a sí mismo: “Yo-soy-Drácula. Le doy-la bienvenida”. Y que más adelante dice: “Nunca bebo-vino”.

El público que asistió a la premiere salió entusiasmado. La crítica se volcó en elogios. Todos los días se formaban largas colas ante la sala del estreno. Basta decir que, ese año, Drácula fue la película que más
dinero dio a la Universal.

Como es fácil suponer, Lugosi obtuvo un éxito fulminante. Y todo gracias a su excentricidad centroeuropea, voz suave y profunda matizada por un acento que hacía pensar en Transilvania y, sobre todo, su aura de amenaza siempre presente.

Próximo a los 50 años de edad, Lugosi alcanzó el estrellato. En un santiamén todos hablaban de él. Al extremo de que, cada día, recibía centenares de cartas de admiradores. Según una encuesta y debido a su magnetismo sexual, el 97 por ciento de esas misivas procedía de mujeres.

El enorme triunfo económico de Drácula impulsó a la Universal a rodar de inmediato otra película de espanto: Frankenstein. Y como en el caso anterior, en vez de basar el guión en la novela, fue la adaptación de la versión para las tablas.

Peggy Webling, la escritora, había hecho un buen arreglo teatral del libro de Mary Shelley, un clásico de la literatura gótica inglesa. De llevarlo a la pantalla se encargaría el director Robert Florey, con Bela
Lugosi en el personaje del engendro.

Aprovechando el decorado construido para el castillo de Drácula, el realizador filmó a título de prueba dos rollos para su planeada película. Salieron a pedir de boca. Pero, de pronto, sucedió algo inesperado:
Lugosi profirió un no rotundo. No quería encarnar a una figura tan impresionante y repulsiva.

Alegaba que no estaba dispuesto a aparecer con un maquillaje que le haría irreconocible para sus miles de admiradores. Y lo más importante: que en la película no pronunciaría una palabra, no se oiría su
maravillosa voz.

Robert Florey se quedó pasmado. Desconcertado, sin saber qué hacer o decir. Circunstancia que, sin embargo, aprovechó la Universal para confiar la película a otro realizador, James Whale, que acababa de apuntarse un buen taquillazo con El puente de Waterloo.

Pero quedaba el problema del monstruo. La solución apareció pronto. A los pocos días, Whale, que era inglés, conoció en el comedor de la Universal al actor Boris Karloff, seudónimo de su compatriota William Pratt, quien intervenía por esos días en una cinta de gángsters. Hablaron. Se pusieron de acuerdo. Y el resto es historia conocida.

Durante más de 20 años, Lugosi encarna distintos personajes tremebundos e interviene en gran número de filmes, casi todos baratos y apostando siempre hacia el mismo resorte de arañar los nervios del espectador.

El resultado fue pobre. El género de terror no consigue en Hollywood la trascendencia que había obtenido en Alemania, de donde procede. En parte, porque desecha toda espiritualidad y se lanza por el sendero fácil de lo espectacular. Y señaladamente, a causa del divismo más atroz.

Y es que las casas productoras, limitadas por la censura y la endeblez argumental, no ven otro modo para atrapar espectadores que la personalidad de sus figuras estelares. Llámense Karloff, Lugosi o Chaney Jr.

Figuras que, con el uso y el abuso, terminaron por desprestigiar a sus personajes al intervenir inclusive en parodias, como Abott y Costello contra Frankenstein, de Charles Barton, que puso punto final al Drácula creado por Lugosi.

Víctima de las drogas, el actor murió en la miseria. Trató de rehabilitarse, zafarse de las garras del vicio y recuperar la salud. Pero no lo logró. Luego vendría Christopher Lee, quien se convirtió en el
definitivo conde propinador de mordiscos a los ojos de una generación de fanáticos adictos al género para quienes Lugosi era sólo un nombre que habían oído mencionar alguna vez.

*Historiador y crítico de cine. Autor del primer Diccionario de Cine de América Latina.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: