Suicidios, la epidemia silenciosa de Dominicana


Por Moises Saab

suicidiosSanto Domingo, 25 jun (PL) Inmersos  en los boletines sobre los avatares de la influenza A(H1N1) y, para colmo de males, un brote de malaria, los dominicanos pasan indiferentes ante una epidemia en sordina, pero más mortífera: los suicidios.

Estadísticas incompletas afirman que sólo en los cuatro primeros meses del año en curso 146 personas escogieron la vía expedita para emigrar de este que consideran valle de lágrimas.

El cómputo elemental arroja un promedio de 36 muertes cada 30 días, más de uno por 24 horas, una cifra que supera los accidentes de tránsito, la otra pandemia nacional quisqueyana.

Las cifras fueron provistas por la Procuradoría General de la República, pero medios enterados las descartan por incompletas.

El índice de suicidios se ha incrementado debido a la crisis económica, el desempleo y tensiones emotivas, declaró a la prensa el siquiatra César Mella, ex presidente del Colegio Médico Dominicano.

Los dominicanos, también, se suicidan por amor, o por desamor, que viene a ser lo mismo, con una frecuencia espeluznante.

Y no es que febrero, el de los enamorados, sea, parafraseando al poeta, el mes más cruel: ellos y ellas se matan a un ritmo semejante en todos, aunque algunos de esos hechos tienen ribetes espectaculares.

Semanas atrás un militar terminó con sus tormentos de forma violenta y dejó una misiva en la cual, como última voluntad, pidió que su sepelio fuera amenizado por una canción sentimental de un merenguero de moda.

Mella, sin embargo, es más prosaico y considera que el reciente cierre masivo de zonas francas y las depresiones nerviosas que ocasiona ese fenómeno están en la raíz del problema, para el cual no aporta soluciones.

Para el especialista, el registro de suicidios debe ser duplicado pues no corresponde a la realidad debido a factores subjetivos tales como la discreción de los familiares y cuestiones religiosas.

Como es sabido, algunas religiones proscriben que los suicidas sean sepultados en tierra consagrada por haber contravenido el mandato divino de dejar la vida y la muerte en manos de Dios.

Las familias de los suicidas sólo reportan como tales hechos innegables, pero escamoten otros como envenenamientos, que pueden ser achacados a descuidos.

Así, los que escapan de la vida tienen un doble tormento: el que los llevó a adoptar la solución más drástica y otro más: que su último grito de ira o desconsuelo permanezca en el anonimato.

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