Simone Signoret, como un libro abierto


Por Rodolfo Santovenia (Para Prensa Latina) *

Ojos rasgados, amplias mejillas y boca aniñada, pero sensual. De su rostro se desprendía una melancolía sincera. Un aire de lealtad. Una franqueza de espíritu que sólo puede nacer de la felicidad truncada o del
adolorido recuerdo de ciertos desamores. El semblante suyo era como un libro abierto en una época y profesión en que cada cual piensa que es bueno llevar una máscara.

Simone Signoret (1921-1985) descubrió su vocación de actriz durante sus comienzos en papeles de extra. Como cuando intervino en Los visitantes de la noche, de Marcel Carné, cinta filmada todavía bajo la ocupación alemana y afrontando dificultades de todo tipo. Desde la escasez de materiales para el rodaje, hasta la ocultación de identidad de algunos técnicos, como el decorador Alexander Trauner y el compositor Joseph Kosma, vetados por ser judíos.

Aparte de que, desde el inicio, llamó la atención y fue elegida entre 10 jóvenes debutantes para trabajar en Macadam, último filme del maestro Jacques Feyder, junto a Francoise Rosay y Paul Meurisse,
interpretación por la que obtuvo el codiciado Premio Suzzanne Bianchetti.

Otro gran paso lo da en Dedé de Amberes, de Yves Allegret, donde incorpora un personaje apasionado e inquietante que supo encarnar con una sobriedad ejemplar.

El asunto fue extraído de un melodrama muy viejo, pero muy bueno y la película tuvo un éxito enorme. Quizás debido a que su papel de la prostituta Dedé, tan gentil y generosa, era una víctima total de la sociedad y el público se identificó de inmediato con ella.

Cosa que ocurrió de manera inversa cuando hizo la Dora de Manejos, también de Allegret, pues la protagonista era un monstruo, una mentirosa, una verdadera ramera sin calle y sin villano que la mantuviera y a la gente no agradó en modo alguno.

Los años 50 marcan una gran evolución en su vida. Divorciada de Allegret, se casa con Yves Montand. Juntos interpretan en las tablas Las brujas de Salem, que años después representarían también ante las cámaras. Y, como colofón, rueda cuatro cintas que la convierten en actriz de primer rango:

Casco de oro, el maravilloso filme de Jacques Becker. Un canto a la gloria del amor y la amistad. Una de las mejores evocaciones del París de ayer. Y una vigorosa historia inspirada en hechos reales.

Teresa Raquin, según Zola, bajo dirección de Marcel Carné. Drama pasional acerca de una mujer que hastiada de su matrimonio comete adulterio al encontrar el amor de su vida.

Las diabólicas, de Georges Clouzot, un asunto policíaco donde el grand guignol está manifiestamente abordado y en el que ella y otra mujer materializan un plan para deshacerse de un cadáver molesto.

Y, por supuesto, la obra que la consagra a nivel internacional, Almas en subasta, de Jack Clayton, que filma para el cine inglés. Poderosa diatriba contra las sociedades provincianas caracterizadas por su hipocresía y pequeña burguesía. Película por la que obtiene el premio a la mejor actriz en el Festival de Cannes y el Oscar de Hollywood.

Galardón por el que competía Audrey Hepburn (Historia de una monja); Doris Day (Problemas de alcoba); y Katharine Hepburn y Elizabeth Taylor (De repente en el verano).

Su manera de actuar era muy peculiar. Por ejemplo, cuando interpretaba sus acostumbrados personajes arrinconados por el destino, maltratados por la vida, no se sumergía en pensamientos tristes ni se entregaba a delectación taciturna alguna.

Hacía todo lo contrario. Previo al rodaje, reía, hacía chistes, se divertía. Lo que, según ella, le permitía hacer una reserva de sentimientos más sinceros, guardar intactas las sensaciones destinadas a las
escenas de emoción.

Me horroriza “fabricar” el personaje. Lo único que necesito es que se establezca ese misterioso contacto entre la mujer a la que interpreto y yo. En mi caso eso ocurre de manera natural. Porque soy así. Así me
hicieron mis padres, dijo bromeando en una entrevista.

Por otra parte, le gustaba el mano a mano con los grandes actores, las figuras famosas de uno y otro sexo. Una excelente escuela, según ella, para “entregarse de lleno”. Como cuando aceptó la doble cabecera de reparto junto con Jean Gabin para rodar El gato, de Pierre Granier-Deferre.

La cinta es un drama psicológico-policíaco sacado de una novela del belga Simenon. Trata de una vieja pareja que se casó profundamente enamorada y ha llegado a odiarse tras 25 años de matrimonio.

Frente a frente estaban los dos mitos del cine francés. Muchos se preguntaban cuál de los dos monstruos de la actuación se tragaría al otro. Sin embargo, nada parecido ocurrió. Las interpretaciones de ambos
armonizaron de manera asombrosa.

En lo profesional, decía que ella nunca había sido una estrella porque nunca impuso un peinado, una manera de hablar o un estilo de vestimenta. Y por lo tanto, nunca se preocupó por perpetuar una imagen que, con frecuencia, es el equivalente de la bella canción que fija para siempre un período de la juventud.

Consideraba que era muy difícil ser una estrella a la que cada vez se le reconoce menos talento únicamente porque se convirtió en estrella. Opinaba que para esta estrella era un esfuerzo enorme seguir siéndolo. Y que era horrible cuando dejaba de serlo.

Por el contrario, estimaba que era muy fácil continuar funcionando al ritmo de los contemporáneos, madurar, y luego envejecer con ellos. Que era magnífico acceder a papeles cargados de la propia memoria y de las experiencias personales que pusieron arrugas en el rostro. Pues ellas son las cicatrices de la risa, de las lágrimas, de los asombros y de las certezas que también pertenecen a los contemporáneos.

*Historiador y crítico de cine. Autor del primer diccionario de Cine de
América Latina.

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One Comment to “Simone Signoret, como un libro abierto”

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