Roma merece París


Por Fausto Triana

Roma.- (PL) Crónicas de viaje, historias, anécdotas o sencillamente capítulos intimistas. Roma cabalga con todas esas armaduras imperiales, la mística terrible de los gladiadores y la impronta de poetas y pintores.

También de filósofos, grandes escritores, maestros del cine y del bel canto, como para preguntarse donde estarían ahora los Maquiavelo, Julio César, Nerón, Espartaco, Da Vinci, Boticelli, Miguel Angel, Boccacio, Umberto Eco, D´Annunzio, Carusso, Pavarotti (…).

Dante Alighieri, Pavese, Ungaretti y Pasolini, en la impronta poética, o el séptimo arte con una lista interminable que encabezarían Federico Fellini, Visconti, Bernardo Bertolucci, Zeffirelli y Vittorio de Sica.

Infaltables, los rostros emblemáticos de Marcelo Mastroiani, Claudia Cardinale, Sofía Loren, Vittorio Gasman, Nino Manfredi, Alberto Sordi, Ugo Tognazzi, Mónica Vitti, Gian Maria Volonté y por supuesto, el primer galán mundial, Rodolfo Valentino.

Merece París, como reza en la máxima del hermanamiento de dos de las ciudades más atractivas del mundo. En francés, “Seule Paris est digne de Rome; seule Rome est digne de Paris”, o en italiano, «Solo Parigi é degna di Roma; solo Roma é degna di Parigi».

Ciudad Eterna, de plazas, las «Piazzas» de Campidoglio, diseñada en 1535 por Miguel Angel, la de España, de Venecia, del Popolo (…) tan alegres como impredecibles. Aquí nace y muere la vida de Roma.

Aparecen al caer la tarde todo tipo de gente, turistas, curiosos, jóvenes listos para el jolgorio. Motos, bicicletas, autos y peatones. No pocos permanecerán alrededor de las “Piazzas”.

Romanos de pura cepa, que para demostrarlo han pasado por lo menos una noche en una estación de policía, como me asegura Roberto, guardaespaldas de profesión, siempre con gafas oscuras pero igual “listo para las mujeres y la fiesta”.

Bares, cafés, restaurantes, ahora con las muy apreciadas mesas al aire libre para el disfrute del calor capitalino y del enjambre de visitantes que colman la urbe.

Los “capuchinos”, los “espresso”, las pizzas, finas y duras, las pastas y los “chianti”, los famosos vinos italianos que junto con otras marcas hacen las delicias de los consumidores. Tan buenos como los franceses, me aclara Ornelia.

Deben serlo, porque Italia es en estos momentos el mayor consumidor de vino del mundo, 135 litros al año por habitante. Hablan más que los franceses y los españoles.

Ello explica la razón por la cual los italianos comen menos y somos más delgados, asegura Gian Lucca sonriente. Además, competimos con los españoles en eso de fumar mucho, añade.

Como una promesa de viaje, la supersticiosa y espectacular Fontana di Trevi, una suerte simbólica de Torre Eiffel. Si vas a Roma es casi imposible escaparse del lanzamiento de monedas a la fuente, pedir un deseo y tomarse varias fotos.
Un ritual menos solemne que la visita al imponente Vaticano y sus museos, el Coliseo y el Foro Romano y el Palatino.

El sempiterno delito de las comparaciones se tropieza con una excepción: Roma es única, como París, sólo que aquí están las ruinas vivas de una civilización, las estructuras decadentes e imperecederas del gran poder de los desaparecidos emperadores.

YO, CLAUDIO

Conspiración, intrigas palaciegas, traición, es el resumen lacónico de la serie de televisión Yo Claudio, basada en los libros del escritor Robert Graves. Una espléndida disección del imperio romano desde el año 24 a.n.e. y el 54 de nuestra era.

No están ahora los emperadores ni sus cortes, pero si sus ruinas, las increíbles ruinas que adornan la ciudad entre pinos gigantes y cipreses, de un verde venido a menos para contrastar las secuelas del gran poder.

El propio Arco de Triunfo de Constantino, que flanquea el Coliseo Romano, es ya de por si una curiosidad. Sin cuidados excesivos, aparentemente abandonado a su suerte, es una reliquia excepcional.

Como el Coliseo, la obra más renombrada de la arquitectura romana, con las más disímiles técnicas de construcción que aún hoy, dañado por el paso del tiempo, impresiona sobremanera. Se levantó entre los años 70 y 72 de nuestra era por orden del emperador Vespasiano.

Se terminó bajo el mandato de Tito en el año 80 y pese a sufrir numerosas variaciones, refleja tal vez como ningún otro monumento de la ciudad los signos de ambición y grandeza de los romanos de entonces.

El Foro es el centro antiguo de la urbe donde pululaban el comercio, los negocios, la prostitución, la religión y la administración de justicia.

Completando la trilogía que se entrelaza en el tiempo, el Palatino, donde la loba Luperca amamantó a Rómulo y Remo, fundadores de la ciudad según un pasaje mitológico truculento de asesinatos, incluido el de Remo por su hermano.

En la más céntrica de las colinas romanas está el origen etimológico del nombre de la capital italiana, y su desarrollo a lo largo del Tíber, que con sus 405 kilómetros de extensión es el alma de Roma, como el Sena de París.

Sin legionarios al alcance de la vista, salvo aquellos que se visten como tal para las fotos turísticas, el viajero se sorprende un poco al notar la preponderancia de Miguel Angel (Michelangelo Buonarroti) sobre Leonardo Da Vinci en Roma.

Cierto que la Capilla Sixtina del Vaticano y la propia Basílica de San Pedro son deslumbrantes, en detalles, formas minuciosamente elaboradas, elegancia y liturgia. Impecables trazos, exquisito gusto.

Miguel Angel es la esencia iconoclasta, del arte nacido en la inspiración interior y en la cultura, mientras Da Vinci, amigo fiel de la naturaleza, menos presuntuoso y consagrado a lo divino de la vida, la pintura, la escultura, la música y los inventos.

Sólo un hilo conductor termina por unirlos, la Capilla Sixtina es para Roma como la Mona Lisa a París.

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