Onetti desde su centenario


Por Anubis Galardy

onetti

Nació al despuntar el siglo XX, en 1909, y estuvo a punto de verlo esfumarse, extraviado en las brumas de Santa María, esa comarca sin asidero geográfico, ilusoria y tangible al mismo tiempo, tan real como aquella Yoknapatawpha imaginada por Faulkner, su maestro.

“No solo podría dibujar el mapa de Santa María -escribió una vez el uruguayo Juan Carlos Onetti-, sino que incluso lo hice algunos años atrás. No lo necesito, me se todo: la farmacia, el ferrocarril, las casas, el lugar donde vive mi personaje Díaz Grey, que es una especie de alter-ego”.

El reino que contribuyó a consagrarlo como uno de los dioses tutelares de la literatura de esta región del mundo surgió en 1950 con La vida breve, 11 años después de que  protagonizara su primera gran salida a la luz pública gracias a El pozo (1939), una noveleta impecable y rotunda que anunciaba, en síntesis, lo que iba a ser su universo.

Antes había publicado dos títulos de menor relevancia: Tierra de nadie (1941) y Para esta noche (1943).

La vida breve es un texto complejísimo sobre la búsqueda de la identidad, un relato del hastío y también de la invención de vidas efímeras. Con ella trazó la crónica de un reino de furias y naufragios, desastres y perdiciones, mutilaciones y derrotas definitivas. Un mundo asfixiante, ácido, repleto de escepticismo, marcado por la soledad y los problemas existenciales de un grupo humano al que la sociedad parece condenar de antemano al fracaso.

Santa María se convertiría, así, en el centro de esa galaxia, en torno a la cual gravitó la mayor parte de su narrativa. Onetti la inventó, línea a línea, y dedicó lo esencial de su vida literaria a extraviar en ella a sus personajes, matándolos y resucitándolos a voluntad, según su fantasía.

Un año después (1951) publica la primera recopilación de sus cuentos, Un sueño realizado, a la que seguirían otras, siempre escoltando paralelamente a sus novelas. En ellas destacan textos memorables como La novia robada, El infierno tan temido, Tan triste como ella o La muerte y la niña.

Lejos de constituir simples complementos de sus obras mayores, los cuentos ofrecen, en sí mismos, otros modos de representación de Santa María, a la cual nos aproximan desde secuencias diferentes. Son fragmentos de una misma visión totalizadora.

A partir de La vida es breve se sucederían las aventuras literarias más trascendentes de este uruguayo empeñado en explorar las zonas marginales de una realidad brutal, habitada por seres consumidos en su propia frustración, enajenados.

Llegarían entonces Los adioses (1954), una novela breve, de la que siempre dijo “es mi favorita”. Un alarde técnico para contar la atormentada peripecia sentimental de un hombre tuberculoso. Luego, la historia brumosa de una prostituta en el volumen Para una tumba sin nombre (1959).

Después vendría El astillero (1961), para muchos su obra maestra, una desolada fábula sobre el fracaso simbolizada en el protagonista, Larsen, erigido en paradigma de la frustración. Le seguiría Juntacadaveres (1964), en la que Larsen resucita con cierto olor a cementerio, a tierra húmeda.

Quince años más tarde (1979), ya en España -donde vivió su exilio desde 1974 y permaneció hasta el fin de sus días- publicó Dejemos hablar al viento. En ella cobran vida las desventuras íntimas del comisario Medina y Santa María arde consumida (y purificada) por el fuego.

Pero es demasiado tarde. Onetti no podrá sustraerse ya a esa comarca mítica a la que insufló, con un soplo de genio, vida imperecedera. Su próximo libro, Cuando entonces (1984), transcurrirá en Lavanda, un lugar cercano a aquella “ciudad maldita”, a la que, poco antes de morir, rescatara de sus cenizas.

En 1993 irrumpió en el panorama editorial el que seria su último libro, Cuando ya no importe, una especie de testamento literario, de síntesis y recapitulación, un inventario concentrado del mundo que sostiene su narrativa.

 

Escribo lo que veo (Subtítulo)

La novelística del uruguayo ha sido definida con frecuencia como un “formidable teatro de lisiados espirituales”, pero también un artilugio moral que actúa a la manera de una precisa máquina de horror, generadora de un rechazo obligado. El novelista maneja sabiamente, y a la perfección, los recursos para desencadenar la catarsis. El mal por el mal no le interesa.

Fiel a la herencia de Faulkner, que tanto lo marcó,  apostó literariamente al fragmentalismo, la ambigüedad, las alusiones, el juego de espejos de los tiempos narrativos. Trabajaba sus materiales como un pintor que arroja indiscriminadamente manchas sobre el lienzo hasta que estas conforman una imagen multiple, única.

Dicen que acostumbraba armar sus novelas y cuentos a partir de pequeñas anotaciones, después se dedicaba a una concienzuda labor de montaje, en el más puro estilo cinematográfico. Pero su deuda con el cine parece ir más lejos.

“Escribo lo que veo -afirmaba. Veo los personajes, los escenarios, las situaciones. Por ejemplo, El astillero. Esa novela yo la vi una noche en Buenos Aires, mientras caminaba por el pasillo de mi apartamento. La vi entera, de punta a cabo”.

Creador, sobre todo, de atmósferas, de climas intensos y descarnados, Onetti se revela como un excepcional artífice de la lengua española, a la que extrajo sus jugos más puros, sus gracias y levedades, su síntesis. Construyó una imaginería deslumbrante, una prosa que hiere y alumbra.

Onetti pertenece en cuerpo y alma a Santa María, con la que se anticipó a la Comala de Rulfo y al Macondo garciamarquiano. Santa Maria soy yo, diria poco antes de morir, como en su momento Flaubert reconoció en Madame Bovary una prolongación de sí mismo.

En su elogio cabría afirmar que legó a la posteridad “la visión de la ciudad y sus poderes bestiales”, y penetró como un cuchillo “la carne de la realidad”. Murió en 1994 en Madrid, pero, sigue ahí, iluminando las tinieblas del corazón humano.

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