Nido de erratas


Debió ser inenarrable la satisfacción que experimentó don Ricardo León, aquel monárquico obsesivo y obstinado, cuando escribió esta frase feliz: “Tocaba el arpa, jubiloso y absorto, como si estuviera esculpiendo el rostro de la reina”.

No cabía duda: un ángel superior lo había iluminado como nunca antes. Después de revisar minuciosamente la totalidad del texto, se dirigió al periódico y esa noche durmió el sueño de los inocentes.

Pero al otro día, debió sentir también algo inenarrable cuando abrió el diario recién impreso y al pasar (o pasear) sus ojos sobre la frase feliz, encontró que un diablillo había escrito lo siguiente: “Tocaba el arpa, jubiloso y absorto, como si estuviera escupiendo el rostro de la reina”.

Dicen que entonces, el ultramontano autor de Casta de hidalgos y Alcalá de los Zegríes, apretó los dientes con furia y ante lo irremediable arrojó el periódico al piso y comenzó a pisotearlo al tiempo que lanzaba en voz alta “carajos y maldiciones” del más alto calibre. Acababa de sufrir los estragos fatales de la errata.

La errata es indudablemente la mayor tortura que puede experimentar un escritor. Nadie como él puede sentir el desequilibrio absoluto de su sistema nervioso, de su cerebro y de su corazón, a causa de un cambio o supresión de letra, palabra o frase por algo que deforme o confunda lo que quiso decir en su escrito.

¡Qué vergüenza y qué horror de horrores debió sentir aquel delicado poeta místico de un oscuro puerto suramericano sobre el Pacífico, cuando en la advocación destinada al altar de la “Madonna Purísima”, le cambiaron en la lápida una r por una monstruosa y fatídica t, lo cual le hizo acreedor a una fulminante excomunión!

El general Luis Sánchez Cerro fue un dictador peruano arrogante, jactancioso y machista hasta los tuétanos. Su secretario, un olvidado cronista local, nunca fue consciente de lo que escribió alguna vez con el fin de adularlo: “Sánchez Cerro es el más grande miembro viril del ejército”. Nunca se supo si la oración gramatical tenía otro orden. Ni de la reacción del general.

El escritor Luis Toledo Sande me refirió que en un monólogo cinematográfico donde Alejo Carpentier rememoró con particular delicia e intensidad La Habana de su juventud, contó que en la página social de un diario capitalino se informó que “una ilustre dama había atendido con exquisitez a numerosos invitados en su mansión, a quienes prodigó con elegante entrega su aristocrático celo”. Sólo que en esta última palabra, según Carpentier, la e terminó trocada por u.

Y por el mismo estilo le aconteció a una joven novelista española de la más reciente generación del “Babyboom” peninsular. Resulta que a la ardiente protagonista de su última novela, el amante la abandonó, dejándola con el “ceño fruncido”, pero el diablillo digitador resolvió que era más evidente reemplazar la e por una o.

Neruda confesaba el sufrimiento que sentía cuando abría una antología de sus versos y en el famoso “Farewell” encontraba que al “amor que se reparte en besos, lecho y pan”, le trocaban lecho por leche.

Decía el poeta chileno que ese sufrimiento se le convertía en tortura cuando abría la antología en inglés y encontraba ese inoportuno “milk” y,  peor, cuando en el idioma ruso el tálamo amoroso se convertía en un maluco y prosaico “malakó”.

Cuando el poeta cartagenero Luis Mangel publicó uno de sus afamados cantos de exaltación de la raza negra, casi sufre un colapso cuando vio la portada de su libro. El editor le había anotado con lápiz al diseñador el tipo de letra que debía usarse para el nombre del autor. Cuando el libro salió de la imprenta, en la carátula decía: “Luis Mangel, Negrilla Bastardilla”.

En 1982, con ocasión del centenario del nacimiento de James Joyce, se publicó en París una edición “perfecta y fiel” del Ulises, pues los estudiosos habían descubierto al cabo de mucho  años que la primera impresión de 1922 había salido con cinco mil (!) erratas. Como quien dice, era de cabo a rabo, otro libro.

La historia de la literatura está, pues, repleta de erratas. Poemas enteros han perdido su sentido neurálgico a causa de un “barco chibcha” donde debía decir “barro chibcha” o un “hombre púbico” en lugar de “hombre público”.

Sin embargo, no todo lo referente a las erratas resulta negativo. Un periodista español pidió buscar lo positivo de ellas y, sin proponérselo, los lectores se sorprendieron cuando se les solicitaba buscar el lado positivo de “los etarras” (de la ETA).

Y en ocasiones, el duendecillo mejora la frase o el sentido de ésta. Don Alfonso Reyes, el gran polígrafo mexicano, contaba que en un artículo donde había escrito “la historia, obligada a describir nuevos mundos”, la errata le había perfeccionado la frase así: “la historia, obligada a descubrir nuevos mundos…”

No suframos, pues, por las erratas, pues ellas son inevitables. Algunas son positivas, otras nos divierten y las nefastas, terminan convirtiéndose en anécdotas.

 

*José Luis Díaz-Granados (Santa Marta, 1946), poeta, novelista y periodista cultural. Su novela Las puertas del infierno (1985), fue finalista del Premio Rómulo Gallegos. Su poesía se halla reunida en un volumen titulado La fiesta perpetua. Obra poética, 1962-2002 (2003).

 (Tomado de Con-fabulación)

3 comentarios to “Nido de erratas”

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    Terrence

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