Los ojos de James Bond


Los ojos de James BondPor Sergio Berrocal (Colaborador de Prensa Latina) *

Hasta hace diez minutos no había podido comprender o averiguar, que para mi cuento es lo mismo, por qué James Bond me fascinaba al mismo tiempo que me daba escalofríos de fiebre repulsiva. Era como una admiración perversa. La única pista que tenía para explicar mi amorosa antipatía era la arrogancia de ese hijo de Gran Bretaña y súbdito de Su Majestad.

Lo peor es que adoro las películas del agente 007 inventado por el novelista y aficionado agente secreto Ian Fleming, que me hacen revolotear por un mundo antológicamente sofisticado, en una línea de delirio psicodélico de una cierta sociedad de los años sesenta en Europa, donde las faldas de las mujeres siempre parecían almidonadas y las corbatas de los hombres cosidas a mano en el pecho.

Lo que sí nunca he podido soportar es al protagonista máximo de esta serie peliculera, James Bond (alias Sean Connery), con licencia para matar y para tumbar en camas hechas sólo para amar, con un solo susurro de su voz profunda, a las hembras más enrevesadas.

No sé por qué James Bond me recuerda a Sigmund Freud, quien se transformaba en un basilisco Otelo por el amor de Martha, con la que finalmente se casaría. Es algo que al propio Freud le hubiese resultado fácil contarme metiéndose en la infancia de sus análisis y  de todas las contestaciones. Ese protocolo de vida que decide nuestra desgracia.

Esta noche se me ha encendido el farolillo del conocimiento mientras el maniqueo y machista 007 se disponía a salvar una vez más el planeta desde el televisor de mi séptimo piso con vista al mar y a la montaña en Fuengirola, punto final andaluz de la España profunda.

La camarera con cuerpo más propio de las páginas de Playboy que de un uniforme discreto hecho para servirme un descafeinado con leche, me ha dedicado una sonrisa de misericordia cuando le he pedido un bolígrafo para seguir esta historieta.

He visto tanta frescura de pecado original en sus ojos que no me he atrevido a amargarle el sol de la mañana de la playa contándole mis cuitas que a mí me aparecen de noche, momento de brujas, cuando los espíritus reciben licencia para aterrizar en las mentes y dejar que florezcan a su antojo dudas, miedos y pesadillas.

A mi todo me ocurre después de ponerse el sol. Y ha sido esta noche cuando he comprendido el por qué de mi antipatía teñida de temor por James Bond. De pronto (siempre es de pronto, nunca pausadamente) lo entendí: los ojos de 007 en primerísimo plano a lo Sergio Leone eran los mismos que los de mi olvidado y olvidadizo padre, un coronel del Africa colonial española de cuando las guerras eran más viriles y los hombres poderosos jugaban a don Juan para enseguida huir como en un vodevil malo.

Le conocí poco y mal y de él sólo me quedan recuerdos que el tiempo embellece o afea. Porque, por mucho que juguemos con la honestidad, al pasado hay que mirarlo siempre con la soledad del recuerdo que tal vez nunca, nunca, pero nunca, tuvo existencia legal.

Cuando alguna vez los ojos grises del coronel se volvían hacia mis pocos años (espigado en la silla de la mesa del comedor aunque los pies no me llegasen al suelo, las manos en posición a igual distancia de los
cubiertos) parecía como si hubiese llegado mi última hora.

A un “¿No comes?” yo conseguía replicar un casi ahogado “Sí, señor”. Aunque la mayoría de las veces se me atascaba algo en la garganta, el paladar se secaba y la boca quedaba cerrada a cal y canto. En ese
momento, lo más probable es que los ojos se me llenasen de lágrimas hasta que, silenciosamente, según los ritos de la comida, alguna que otra conseguía bajar mi guardia de la vergüenza y se deslizaba suavemente por mis mejillas.

No recuerdo haber tuteado nunca a mi padre. En la escuela de aquella capital de un minimperio de España en Africa a la que yo acudía empecé a notar cosas raras. Las monjas parecían quererme más que a los otros niños, como se quiere a los desgraciados poderosos porque no saben lo que
hacen, como se quiere a los tontos de los pueblos porque tampoco tienen mucha idea de lo que querrían hacer.

Ellas sí sabían algo que yo ignoraba y conmigo se saltaban algunas reglas de disciplina. Sabían que yo era lo que entonces se llamaba un hijo ilegítimo o natural (¿de dónde?). Que yo era hijo del coronel y de la médica. Que no estaban casados porque la Santa Iglesia Apostólica Romana no permitía que un señor tuviese otra señora mientras la suya estaba muriéndose de una larga enfermedad lejos de allí.

Para mí, todo aquello alcanzaba su momento más doloroso a la hora de pasar lista en clase. Veía la cara de gozo de mis infames compañeros mientras el profesor me llamaba con el apellido de mi madre. Como para tranquilizarme, yo borraba de mis libros y cuadernos aquel apellido de madre soltera y junto a mi nombre de pila, el único que nadie, ni la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana, había conseguido quitarme, agregaba con mano firme el primer apellido del coronel.

Eran los años cuarenta y algo. De él sólo me quedó en lo más profundo del corazón el olor de su uniforme de gala de color verdoso. Son recuerdos de una noche de otoño europeo con sabor a rezagado verano loco. Pero, después de todo, no está tan mal haber tenido un padre que se refleje en los ojos de un mito del cine. Hay cosas peores.

El olor del uniforme volví a palparlo otra noche de hace muchos años muy lejos de Africa, en La Habana. El señor que lo llevaba era muy alto. Pero sus ojos no eran los de James Bond. Eran los ojos de dolor del Cristo de Medinaceli.

*Periodista y escritor francés.

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