Errol Flynn, el magnífico


Por Sergio Berrocal

flynnCuando me enrolé en el periodismo me advirtieron que no se disparaba contra las ambulancias. Descubrí la relatividad del consejo al ver cómo helicópteros israelíes tomaban como objetivo ambulancias en el Líbano. A partir de aquí, el ciego de Chester Himes, que tiroteaba a los viajeros en el Metro de Nueva York, me pareció pura anécdota algo exótica.

Se acabaron los ciegos negros. Obama est arrivé. Y Chester Himes se moriría de pena, pero ya lo hizo a tiempo de no ver las nuevas auroras boreales.

Ahora, cincuenta años después de su muerte, otro ciego, probablemente blanco, recuerda desde un periódico español cosas que se enterraron con un actor al que la gente de mi generación amó por su talento y, sobre todo, por una sonrisa atravesada en un rostro enamoradizo.

Se llamaba Errol Flynn. En los años cuarenta y cincuenta era una mezcla de Paul Newman y Robert Redford y, por qué no, de Brad Pitt, esto último para la composición menos lograda del personaje.

En 1959, cuando usted, lector (a), y yo, emprendíamos nuestro caminar, ya había muerto, con sólo cincuenta años vividos, que ni un tango lo justifica. Antes de que las drogas y el alcohol acabasen con él, dejó películas como Fiesta, sensible interpretación de la novela desesperada de Ernesto Hemingway, y una serie de cintas de capa y espada o metralleta al viento: El burlador de Castilla, Río de plata, San Antonio, Objetivo: Birmania.

Cuatro títulos estrenados entre 1935 y 1941 lo convirtieron en el actor de moda, el galán de la sonrisa irresistible, del talento justo para hacer soñar, porque Brad Pitt me da pesadillas.

Es difícil haber olvidado completamente El capitán Blood, La carga de la brigada ligera, y es imposible no recordar Murieron con las botas puestas, que casi se ha convertido en una filosofía de vida. Y, sobre todo, paren los motores, traigan refrescos, apaguen los cigarrillos. En 1938 surgió del Hollywood que todo lo puede, de lo más horrendo a la más pura joya,  Robin de los bosques, con una Olivia de Havilland  que convertía el idilio con el bandido generoso en una sinfonía musitada por los niños cantores de Viena.

Robin de los bosques fue la corona de un cine de capa y espada capaz de provocar y mantener en los chiquillos los más altos sentimientos de lealtad, fidelidad y amistad. Si para entonces le hubiese tocado salir a escena a la Revolución Francesa de 1789, Robespierre habría tenido que darle a Errol Flynn el papel principal en la más vasta superproducción de capa y guillotina jamás rodada en el mundo, cuando a la frivolilla Maria Antonieta le cortaban la lengua en una mañana de alborozo en la Plaza de la Concordia de París, a dos pasos de los Campos Elíseos donde hasta poco antes lucía verbigracia lanzando escupitajos al pueblo hambriento:  “Si no tienen pan que coman bizcocho”. Habrase visto tamaño orgullo con miriñaque…

Errol Flynn se moría en un enorme baño de vapor que al parecer compartía con una muchacha muy joven. El tenía cincuenta años, viejo para aquellos años absurdos.

Cincuenta años después, como si Alejandro Dumas estuviese detrás de la puerta, alguien se saca de la manga unas memorias publicadas en 1959 en las que se al parecer Errol Flynn se flagela con recuerdos poco agradables y que oscurecen la imagen de ese actor sin el cual el mundo de los que ya hemos atravesado el ecuador de Ulises cuando por fin encuentra el maldito puerto de Ítaca y a su  Penélope, no hubiese sido lo que fue dentro de una infancia en la que Robin de los bosques estampaba un casto beso en la boca cerrada de la princesa.

Le defiende un servidor, al que en 1957 Errol Flynn estuvo a punto de ahogar en las aguas, aquel día turbulentas, de la bahía de Tánger, esa ciudad de la que sin duda Michael Curtiz, el realizador de Robin de los bosques se inspiró para escribir Casablanca, la más cutre de las películas cultas. Pero jamás consiguió que Humphrey Bogart tuviese ni por asomo la sonrisa de  Flynn.

Robin y yo nos conocimos en Tánger, adonde él había llegado en su yate en compañía de su última esposa, Patricia Wymore. Se negó a dejarme subir a bordo pese a que un pescador y yo habíamos remado como los esclavos de las galeras cinematográficas para acercarnos al barco. Nuestro bote daba saltos alocados entre gigantescas olas.

Otra noche, ya atracado el yate en el puerto, la dulce Patricia Wymore me invitó a bordo y charlamos una eternidad de comedia musical. Su esposo, al que había conocido en Murieron con las botas puestas se reponía de una herida en el brazo, fruto de un puñetazo propinado a un intruso que pude ser yo.

Años después conocí a su hijo Sean en un estudio de cine de París. El muchacho, guapo como el papá, iba para actor. Luego cambió de rumbo y, con la repentina decisión de la desgracia, partió como fotógrafo de prensa hacia Vietnam. Dicen que su cuerpo nunca fue encontrado en la explosión de una mina que le golpeó de lleno en una carretera de Camboya.

El ciego que ahora dispara contra Errol Flynn no hace más que recordar cosas que él dijo de sí mismo, quizá llevado por el tremendismo del dinero ganado fácilmente. Pero si no se respeta a un muerto con el silencio al menos respetemos al Robin de los bosques que en un momento de nuestras vidas, y aunque sólo haya sido un ratito, nos permitió ser mejores.

*Escritor y periodista francés, radicado en España.

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