El negocio de los libros


Por Lisandro Otero (Colaborador de Prensa Latina) *

Arthur Koestler escribió que el sueño de todo escritor era cambiar cien lectores actuales por diez lectores dentro de diez años y aún mejor: tener un solo lector dentro de cien años. Flaubert dijo el siglo antepasado: “seré leído en 1936”. Por eso el crítico Robert McCrum, del semanario británico The Observer, ha intentado un bosquejo de los libros que, según él, se leerán en el próximo siglo. Lista polémica y rebatible.

Su dictamen es: El gran Gatsby, de Fitzgerald; Cien años de Soledad de García Márquez; La montaña mágica, de Thomas Mann; Cándido de Voltaire; Por quién doblan las campanas, de Hemingway; Un día en la vida de Ivan Denisovich, de Solszhenitsen; Cándido de Voltaire y El diario de Anna Frank.

Sin embargo en un reciente artículo del New York Times, David Oshinsky nos informa de los libros que han sido rechazados por grandes editoriales como Alfred Knopf. Los temibles lectores dijeron del libro de Anna Frank que era aburrido, las aventuras triviales de una adolescente.

Sin embargo de ese libro se han publicado treinta millones de ejemplares. De La granja de los animales de Orwell dictaminaron que un libro sobre bestias irracionales no era vendible en Estados Unidos. De Jorge Luis Borges diagnosticaron que era intraducible. Ana s Nin no tenía valor artístico. Lolita de Nabokov era indecente. El cuarto de Giovanni, de James Baldwin era infame, sin interés. Y no olvidemos que La náusea, de Sartre, fue rechazada por Gallimard en su primera versión, y que André Gide rechazó, en la misma editorial, En busca del Tiempo Perdido, de Proust.

Para colmo de males el universo de los libros se convierte en una transacción comercial más que en un método de difusión cultural. De  las cinco empresas que detentan el 80 por ciento del mercado estadounidense, tres están en manos de grupos europeos. Bertelsman controla más del 30 por ciento de las ventas Estados Unidos y los grupos ingleses Murdoch y Pearson dominan un importante sector de la industria. Los monopolios están sacando del mercado a las pequeñas editoriales que se preocupaban por mantener viva la calidad.

Durante los últimos años los grandes grupos internacionales han ido adquiriendo las pequeñas editoriales una tras otra. Estas reducidas empresas se conformaban con pequeñas ganancias y mantenían una estrecha relación con la vida intelectual del país donde se hallaban asentadas.

Los nuevos amos son inmensos “holdings” insertados en lo que se llama la industria de la comunicación y están ligados a periódicos, revistas, cadenas de radio y televisión.

Los editores consideraban que algunos libros estaban destinados a perder dinero, especialmente los tomos de poesía y las novelas de autores noveles, pero constituían una inversión para el porvenir y otorgaban prestigio a quienes los publicaban. Hasta 1980 la editorial Doubleda fracasaba con el 90 por ciento de los libros que publicaba y se resarcía de sus pérdidas con los best sellers. O sea que la literatura comercial asumía el papel de mecenas de la cultura más elaborada. La idea que los editores  existían  para ganar dinero parecía inapropiada y poco ética.

Un ejemplo de la fusión de editoriales por megaindustrias es la absorción de Random House por la RCA. Rupert Murdoch adquirió el imperio revisteril de Condé Nast y Bertelsman compró Doubleday y Bantam. Alfred Knopf también fue tragado por Bertelsman. El grupo Pearson, que ya disponía de la prestigiosa Penguin Books, adquirió Harper Collins. Tambien Simon & Schuster y McGraw Hill han caído en la órbita de la concentración monopolizadora.

En su ensayo “Elogio de la mala novela” Mario Vargas Llosa ha dicho que aquella suele ser más entretenida que la buena. Estima que en el siglo antepasado leer a Tolstoi, Flaubert y Stendhal era hechizarse hasta “vivir” la historia. A partir de Henry James y Proust comienza una escisión porque la novela comienza a ser forma antes que anécdota. Ya no se lee solamente para desaparecerse en lo leído y adquirir la vida de héroes ajenos. En nuestra era son pocos los que han logrado la hazaña de engendrar creaciones estilísticas que son, a la vez, mundos hirvientes de aventura que pueden atraer la atención de grandes masas de lectores.

La cultura de masas surge de la necesidad inmensa de programación de los medios de difusión modernos: radio, televisión, cine, periódicos, revistas y ediciones populares de libros. Hoy el “pop-art” considera que una botella de cerveza o una frase de argot puede ser considerada un objeto artístico. Shakespeare y el teatro “El Globo” fueron en su tiempo lo que es hoy la serie negra: la novela policiaca, un entretenimiento masivo por excelencia.

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