El extraño comisario Maigret


Por Sergio Berrocal (Colaborador de Prensa Latina)

simenonHay gente obstinada que no sabe perder guerras personales e incluso las gana aún  cuando no parece tener ni la más remota posibilidad. Nacido un día 13,  horrendo para los supersticiosos, condenado a muerte por un médico a los 37 años, Georges Simenon vivió hasta los 86  y creó el más exitoso policía literario, el inspector o comisario Maigret, que rápidamente se apoderó de las pantallas del cine y  la televisión.

Personaje extraño como pocos, el belga Simenon fue, quizás, uno de los genios literarios del siglo XX, donde hubo de todo y no siempre de lo mejor. Da no sé qué enterarse que, a los 16 años, dejó sus estudios de bachillerato por necesidades familiares o acaso por ese asqueo de quien cree saberlo ya todo.

Tras una breve carrera de dependiente en una librería, ingresa en el diario Gazette de Liÿge y, en menos de lo que hubiese apostado cualquiera, pasa de “copyboy” a reportero de sucesos. Es como cuando te acuestas una mala noche con la esperanza de que el día siguiente será menos malo y despiertas casi alborozado y todo vuelve a torcerse.

Relatada por el Centro de Estudios que lleva su nombre en la Universidad de Lieja, su vida fue ese camino de rosas con el que ha soñado el que más y el que menos. Tiene tanta suerte que ni siquiera puede frenarla. Escribe, ama a Josefina Baker para no ser menos, en un idilio que se recuerda como de los más cinematográficamente tórridos. Se casa. Tiene un hijo. Luego una hija. Y, sobre todo, yates. Y un talento que hace palpitar el talonario de cheques de los grandes editores.

Hasta que una tarde sin luz, en un puerto perdido en la memoria, inventa a un tal Maigret, policía tímido, retraído, callado, quizá avergonzado de ser lo que es, que pasará toda su  vida parapetado detrás de un grueso abrigo. Y para que no le reconozcan se encasqueta el sombrero hasta la quijada. La pipa, su famosa pipa, la que dicen le permitía pensar,  la añade probablemente para disimular esos momentos en que todo hijo de vecina, con las hijas de vecinas es diferente, advierte cómo la voluntad no  funciona y se le desbordan lágrimas de desconsuelo.

Porque el comisario Maigret es un personaje frágil, que necesita musitar, que se convierte en el as de la Brigada Criminal francesa para no sentirse perdido como todavía, después de tantos años, se siente su esposa, madame Maigret, seca, atenta como una criada de toda la vida y sin personalidad propia.

El comisario, que antes fue inspector, se coló en cuanto lo dejaron como un personaje de noches de audiencias millonarias, con su mente calvinista en lo absoluto, conservador, que toma cerveza con sus subordinados y se cuida de estar siempre a mil leguas del maligno.

En todo esto, poco queda para la emoción enamoradiza o para el erotismo. El de Maigret es un matrimonio escrito por un creador que le dio todas las taras que él no tuvo. Y cuando el comisario llega a casa, en el bulevard Richard Lenoir de París, ella le pregunta con una vocecita que ningún vecino escuchará por curioso que sea:

-¿Es tarde?

– No sé. Quizá la una y media.

-¿Has cogido frío?

– No.

– ¿Quieres que te prepare una tisana?

– Gracias, he bebido hace un rato un grog.

Imaginen a Kim Bassinger diciéndole estas cosas a Alec Baldwin  una noche de desgracia negra en Florida. O piensen en Georges Simenon hablando de semejante guisa con Josefina Baker.

Simenon, el dios creador, figura entre los grandes tenores que llenan teatros y reciben aplausos kilométricos. El, el comisario, forma parte de los que cantan de oídas y a los que nadie escucha.

El cine y la televisión están llenos de títulos con las silenciosas pero muy dialogadas aventuras del resignado  Maigret, quien sabe que nunca llegará a prefecto de policía por mucho que resuelva embrollados casos criminales como en Maigret voit rouge, con Jean Gabin, que en aquel tiempo era una auténtica estrella.  Otro título, Maigret  tend un piÿge.  Amén de que la televisión le dedicó estupendas series que te ataban al televisor como en su tiempo pudieron hacerlo la británica  Ironside o la norteamericana Colombo.

Georges Simenon fue un hombre con suerte, pesadamente suertudo. Todo lo que escribía se convertía en un éxito seguro. Su más glorioso momento lo tuvo cuando dibujó con su máquina de escribir la silueta de Maigret, en la que quizá retrató a su padre, el ideal, el que nunca se tiene, el que siempre te falta, pero con el que sueñas. Algo que perdió lleno de ilusión cuando era todavía un chiquillo y tuvo que abandonar el instituto para ponerse a trabajar.

Mientras el comisario seguía su carrera contra el disimulo,  Simenon se entretuvo en dar al cine otros momentos con En cas de malheur, donde Jean Gabin, viejo abogado, consumía todo su arte por el amor infinito y desesperado de la joven y frágil Brigitte Bardot. La veuve Couderc, con Simone Signoret, es otro gran momento de cine.

En 1960, Simenon era presidente del jurado del XIII Festival de cine de Cannes. Momento de triunfo para quien ha salido de la nada y a quien ahora le cantaban las sirenas como cantaron a Ulises en la misma costa mediterránea.

La última vez que me tropecé con Maigret fue en los estudios ya difuntos de Billancourt, en París, donde Jean Gabin le prestaba su pesada silueta y su cara de malos días eternos. Se rodaba Maigret tend un piÿge.

Yo era entonces un joven reportero muerto de hambre al que le dieron el papelito de un fotoperiodista que espera al comisario en los pasillos del Quai des Orfevres. Fue mi primera y última aparición en el cine. Luego entendí, comprendí y finalmente acepté, que yo era de los que cantaban de oído.

*Escritor y periodista francés, radicado en España.

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