EL ENIGMA DE LAS RELACIONES


Por Raysa White

 

En un paquete de imágenes insólitas recibidas la semana pasada esta foto llamó mi atención. Como ven, la expresión del niño desborda una ternura que la reblandece. Y qué decir del semblante de ella quien cierra los ojos con dulce sumisión. Este, llamémosle “milagro”, se encuentra para mí bajo el dominio de la confianza.

 

Los padres de la confianza son la lealtad y el amor, pero la lealtad, que es llana, necesita también del conocimiento, que es el duende que baja a explorar las profundidades de los sentimientos. Confiar en el otro, cuánta fortaleza nos otorga y cuán frágil resulta cuando no se llega a un agudo dragado.     

 

Conocí a una serpiente semejante a esta -esbelta y elegante- que cuando se irritaba y tiraba de la cola podía causar la muerte. Como este niño, llegué a su corazón. Sólo con pasar mi mano por su cabeza, ella se echaba a mis pies. Creo que nunca he amado a un animal como amé a ese. Creo que él me amó a mí con la misma intensidad. Pero un día sin saber por qué ni cómo algo nos mató la confianza y nos convertimos en seres muy peligrosos porque veíamos una amenaza en cada acto nuestro o cada gesto.  

 

Quedó el amor vibrando como el cuerpo del ave al que cortan el cuello. Y la aflicción era tan grande que nos quemó. Para enfrentar el dolor tuve que reconstruir mi mente, lo que aún no he podido recuperar es mi capacidad de amar. Siento que me han dañado y no encuentro la cura. Ya no amo como antes, lo hago sin entrega, con una reserva que enturbia el modo en que me doy. Y el otro lo percibe.

 

Hace tiempo que no traigo animales a casa ni me quedo a dormir en la casa de ningún animal. Temo a algo desconocido, no sé si al vacío o a la desesperación. A veces he pensado regresar y decirle: extraño compartir mi pensamiento con alguien que me deje tomar su mano. Pero algo no me deja. Pensé que era el orgullo, hoy sé que es desconfianza.

 

Así y todo, hay una confianza que es difícil pierda, y es la confianza en Dios. Lo que me ocurre es que Dios se parece a la pared de mi cuarto. Eso es lo que veo cuando hablo con él. Y temo que algún día, por cualquiera de esas cosas que pasan, la pared se derrumbe, ya sea por un ciclón, un temblor o un bombazo, y Dios desaparezca envuelto en polvo o humo, entonces mi confianza se quede tan sola que se consuma lentamente.

 

Pasan los días de mi vida, y a veces entre tantos recuerdos, trato de adivinar quién pudo corromper un sentimiento tan sano. Roer nuestra confianza, ¡qué felonía! Mira bien estos rostros, el cepillito apretado, el mimo de su boca, la piel blanda que se dobla en el bote. Por mucho rencor que sientas, por mucho amargor que dejen en tu boca, no mates un amor como ese. No rompas nunca esa prodigiosa conexión. ©2008

 

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