El amor del periodista


Por Sergio Berrocal (Colaborador de  Prensa Latina)*

El amor del periodistaDe vez en cuando me pregunto qué sería de aquel corresponsal que por el amor de una mujer de melena azabache y ojos afganos cabalgó durante días por las montañas de un país indómito. Supongo que ahora estará como yo, al final del camino. Y deseo que este trance lo viva junto a aquella mujer que le hizo descarrilar como podría haberlo hecho el tren de Lawrence de Arabia en un desierto de Almería, Spain de España y Europa cañí.

Con el tiempo, al que ignorantes célebres atribuyen poderes curativos cuando lo único que hace es adormecer sentimientos y dolores demasiados fuertes para ser vividos, mucho he pensado en esa pareja maldita de la información.

Porque el tiempo, aclaremos conceptos, s’il vous plait, borra espinillas del alma con la soltura de esas gomas de delicioso aroma que yo mordisqueaba en la escuela primaria (y también en la secundaria) cuando no me veían los curas. Todavía tengo una encima de mi mesa a la que de vez en cuando, cuando puede más la nostalgia antropofágica, le doy un mordisco. Es la adormidera del corazón de los recuerdos.

Pues sí, aquel muchacho tan formalito que había consagrado su tiempo a informarnos desde un lejano país con la seriedad de un monje fabricando licor de menta con hierbas venenosas, de pronto dejó de enviarnos la información suya de cada día. Entonces, años sesenta del periodismo como Dios manda (Jesús hubiese sido un maravilloso reportero) las noticias se daban cuando se producían. Quiero decir, para aclarar, que ustedes a veces se confunden y leen lo que no es, que no se inventaban las cosas y ni siquiera se sacaban de cauce.

Pierre, llamésmole así aunque en realidad tenían un nombre de feminidad espantosa, como su cuerpo, coronado con una cabeza hecha para la trisexualidad, llevaba años siendo periodista de nuestra agencia en uno de esos países donde había que beber alcohol a escondidas.

Algo así como lo que hacían muchos musulmanes de Tánger, entonces territorio internacional del mundo, hoy ciudad de Marruecos sumida en la derrota de la vida. Yo vivía a la entrada del barrio árabe (Emsallah, 29, por si lo quieren comprobar haciendo excavaciones en las que hasta se les puede aparecer el fantasma del espíritu que perdí por allí) y debajo de mi casa instalaron una especie de bodega donde sólo se vendían refrescos, porque allí se comía musulmán.

Aunque uno era todavía un incipiente e inocente reportero del semanario Cosmópolis abocado a los sucesos, al cine y a las entrevistas farragosas de personalidades de paso por aquellas playas de nunca olvidar, me empezó a extrañar el número creciente de marroquíes que a la hora del aperitivo se reunían de pie en el mostrador para zamparse sus botellines de Coca-Cola que lucían como un salvoconducto de moralidad al lado de sus vasos verdes y panzudos.

La niñera de una amiga de mi madre, con la que yo hubiese llegado a males mayores huyendo con ella a las montañas del Atlas si no se hubiese empeñado en repetirme que el amor sin previa consagración religiosa era como una hamburguesa sin queso, me reveló el misterio de aquella bebida disimulada.

El truco era maravillosamente sencillo. El bodeguero vaciaba previamente tres cuartas partes de la coca y rellenaba la botella resultante con vino tinto del bueno o del malo. Y así podían sonreír de felicidad aquellos musulmanes rigurosos. Muchos, muchísimos años después, y casi sin acordarme, empleé yo el mismo truco en la redacción de la Agencia France Presse en París para que la sed de algunos de mis redactores no escandalizara a los pudibundos abstemios.

Total, que Pierre acudió a una recepción de esas que se multiplican en capitales donde el aburrimiento es mil veces mayor que el PIB y constituye un seguro riesgo de infarto o violación o de aquello que en tiempos de Sigmund Freud se llamaba melancolía. O los dos al mismo tiempo.

Un embajador de un país que no viene al cuento de hadas, anfitrión de la velada de las mil y una medianoche, le presentó a toda su familia. Pero él no tuvo ojos más que para una muchachita de diecinueve años, hija del diplomático, recién egresada del Couvent des Oiseaux, elitista institución Suiza donde le enseñaron todo lo que una señorita de buena familia debía de saber. Y, por supuesto, lo que no debería de saber never jamás.

Fue un flechazo mutuo que embrujó a los cuarenta músicos de una orquesta tipo Glenn Miller y que toda la noche estuvieron machacando hasta la extremaunción el Moonlight Serenade.

Lo peor es que la chiquilla estaba prometida al líder de una de las castas superiores que dirigían el país. Sin cruzar más palabras que la de una exquisitez cortesía (politesse, dicen los franceses y suena mucho mejor), al día siguiente al amanecer Pierre y la ninfa huian en un caballo que él había alquilado.

Y no me vengan con monsergas mecánicas de cómo no se fugaron en un auto todo terreno. Pues sencillamente porque allí todos eran caminos de cabras. Lo malo de lo peor es que el prometido cornamentado era, además, el jefe de la policía de aquel estado sumido en la Edad Media.

Un día, al cabo de muchos otros días tan largos como el primero, volvimos a recibir las crónicas de Pierre. Eran más alegres. Estaban llenas de esperanza. Luego ya no supimos más de él.

Si no se han creído esta bonita historia piensen que mi imaginación de periodista fetal no da para invenciones. Los periodistas sólo vemos y  contamos. Y si no se lo creen, pese a esta aclaración, que Dios les tenga en su santa gloria o que Satanás les reserve un camarote de tercera clase en un arrabal de su infierno.

*Periodista y escritor francés.

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