Confesiones


CONFESIONES, es un documento completamente verídico. Narra la breve historia religiosa de la autora… aunque muchas personas pueden haber protagonizado o conocido de situaciones como estas, al menos, en Cuba. Desde luego, no hay por qué compartir sus consideraciones, pero por la forma acertada de presentar sus experiencias resulta un valioso ejercicio de reconocimiento in… que para algunos puede ser edificante. Nancy Garcia es también autora de ingeniosas frases y reflexiones, escritos humorísticos y de la conocida novela Atrapado en otro cuerpo, que el lector puede conseguir en Amazon o través de la Editorial Akerú Publicaciones en Facebook, con sensible descuento. (rw)

Confesiones

Por Nancy García González

Suscribete a Akerunoticias                                                                                        A mis ascendientes,   y a los dioses, por si acaso…

Entre la diversidad existente de religiones en oferta, todas de primerísima calidad, sin dudas, la elección adecuada y correcta se torna tan difícil para mí, que siempre decido posponerla. No obstante, durante mi búsqueda selectiva -aunque no constante-, para acogerme a aquella que llene los parámetros de mis expectativas, he acumulado algunos conocimientos en la materia y hasta varias experiencias religiosas.

Como a casi todas las personas, siempre me han impresionado los sucesos extraterrenales y he podido conocer que esa sensación innata y atávica frente a numerosos enigmas, provocó el desbordamiento de muchas imaginaciones hace milenios. Este exacerbamiento quimérico de unos, aunque no fuera de manera muy convincente, cubrió fabulosamente los espacios vacíos de los menos imaginativos… Y así surgieron las leyendas que dieron lugar a las religiones, donde todo lo inexplicable fue atribuido a deidades.

La deficiente comunicación de los tiempos remotos provocó que un mismo hecho fuese imputado a diferentes divinidades que se concebían según el país o la región donde este ocurriera. De este modo, se designaron varios dioses para una misma función, como el clásico ejemplo de Grecia y Roma, lo que contribuyó a que se enriqueciera la historia universal con miles de versiones sobre temas que, aunque inicialmente pretendían esclarecer aquellos sucesos para los cuales no tenían respuestas, también incluían beatíficos objetivos: la purificación del alma, el mejoramiento consciente de la especie humana y la filantropía, entre otros.

La victoria del “bien” sobre el “mal” es igualmente un objetivo relevante para el óptimo funcionamiento de las religiones. Pero éste específicamente, como se basaba en conceptos tan relativos y ambiguos, presentó errores en su concepción y catastróficos resultados con la puesta en práctica. Un obstinado interés por tener la razón se justificaba como EL BIEN, por lo que la razón opuesta, era EL MAL. Este absurdo dogmatismo patrocinó uno de los primeros y más desarrollados medios de extinción masiva: las guerras.

En consecuencia, una creación humana tan altruista y enaltecedora como las religiones, refugio de la fe para incentivar la vida y justificar la ineludible muerte, lamentablemente, fue y es la responsable de la destrucción de valiosas vidas con injustificadas muertes en numerosas partes del mundo.

Parece que en la actualidad las imaginaciones son menos profusas y en su labor proselitista, todas las religiones de las cuales tengo referencia enuncian los mismos comerciales reiterativos: se categorizan como “auténticas”, pretenden poseer la “verdad suprema” e insisten, cada una de ellas, en tener el acceso directo para garantizarte un “viaje óptimo hacia el Paraíso” –cuando llegue el momento-. Como esta es una de las pocas ocasiones donde no “siempre el cliente tiene la razón”, sencillamente, porque no tiene la opción de reclamar, y ante la carencia de evidencias que demuestren lo contrario, sospecho que estas promociones persistirán eternamente. Esta indiscutible falta de creatividad y el  cuestionable marketing que aplican después de tantos siglos de experiencia, me tiene muy confundida…

Mi primer contacto religioso formal fue a los seis meses de nacida, cuando sin consultarme, me acuñaron el cristianismo con la ceremonia del bautismo, pero no recuerdo nada de ella.

En la infancia sólo conocí la existencia de la religión católica a través de dos de mis abuelos españoles; los maternos, con los cuales convivía. Mi abuelo fue monaguillo hasta que emigró a Cuba y mi abuela estuvo a punto de profesarse como monja pero, entre los hábitos y El Caribe, optó por el segundo y no creo que le ocasionara mucha frustración. Mi madre es una fiel exponente del más amplio sincretismo de credos…

Las frecuentes visitas con toda mi familia -que consistía en las tres personas antes mencionadas- a infinidad de iglesias, a pesar de la eclesiástica influencia, me producía una extraña mezcla de sensaciones positivas y negativas. Me agradaba el ambiente distinguido y sosegado que predominaba en ellas, aunque este oscilaba de acuerdo con la ocasión y el santuario.

También me complacía que me vistieran elegantemente, tanto para ir a la iglesia de Jesús de Miramar en la 5ta. Avenida, como para visitar la de La Merced en el corazón de La Habana Vieja. Pero realmente, lo que más disfrutaba era la belleza del templo, mucho más que la misa, que era en latín y ni yo, ni ningún feligrés allí presente entendía una palabra, lo que yo era más honesta al admitirlo y me entretenía contemplando absorta las decoraciones mientras esperaba que el cura se callara para irnos.

La maciza arquitectura, los techos y cúpulas finamente ornamentadas, los dorados candelabros con sus velas erguidas bajo inquietas llamas, las insonoras alfombras, el torneado y pulido mobiliario, las coloridas imágenes de los vitrales que filtraban una iluminación tornasolada y las opulentas lámparas, la esplendidez del altar y la resonancia del órgano, eran fascinantes.

Esta ambientación armónica y suntuosa exaltaba mi admiración por las artes, y aunque no tenía conciencia de ello, pues ignoraba en absoluto todas las manifestaciones artísticas, era lo que yo disfrutaba de esos recintos. Y no era casualidad. Alguien muy inteligente dijo que: “La belleza te seduce aunque no la entiendas”.

En cambio, las esculturas de los santos, hiperrealistas para mi corta edad, me impresionaban hasta alucinarme, pues creía que me observaban fijamente. Porque sus rostros afligidos estaban en contradicción con sus ropas que eran lujosas y sus casas muy bonitas y amplias, llegué a pensar que vivían desconsolados porque no los dejaban salir y se aburrían de permanecer inmóviles y encerrados todo el tiempo, aunque recibieran muchas visitas.

A pesar de las expresiones de tristeza reflejadas en sus rostros, casi todos tenían un niñito cargado y eran esos los que yo prefería contemplar. No entendía porqué Santa Bárbara tenía una copa y una espada en lugar de tener un niñito cargado también… ¡Había tantas cosas que no comprendía…! ¿Por qué algunos estaban sentados y otros de pié? ¿Por qué les encendían velas si había buena iluminación? ¿Por qué a unos les regalaban flores y a otros no…? ¿Por qué les echaban dinero en una cajita que simulaba una alcancía? ¿En qué lo iban a gastar?

Pero habían dos santos específicamente que siempre me producían una mezcla de angustia y miedo: San Lázaro y Jesucristo. Como ellos estaban heridos y harapientos, pensaba que eran los malos de la casa; sobre todo, el que estaba clavado…

Ha transcurrido algún tiempo desde que en acto público y solemne hice la Primera y última Comunión. A los siete años mi mayor ilusión no era recibir la sagrada Eucaristía, sino ponerme un precioso vestido blanco, largo, con encajes y velo… como una genuina novia. Con esa edad poco me preocupaba el simbolismo religioso de aquella vestimenta, sólo pensaba que era una oportunidad única de jugar en serio a las bodas, a pesar de que no existiera el novio.

Como todo lo que uno desea siempre tiende a complicarse, para poder participar en el juego de la boda debía aprenderme de memoria el Catecismo. Ante mi oposición, mis abuelos prometieron comprarme uno muy bonito, entonces yo lo aprendí en una edición económica que me facilitó la iglesia y a cambio ellos me obsequiaron un lujoso librito que aún conservo en su caja, y que como casi todo lo relacionado con la religión Católica, atrae por su ostentación.

Además me exigieron, durante un tiempo que ahora no puedo precisar, cumplir con otros rituales. Estos eran: rezar frente al altar, generalmente arrodillada sobre una incómoda y dura tabla; confesar –en idéntica posición- mis ridículos pecados infantiles al paciente confesor escondido en el lóbrego confesionario, y exonerarme de ellos cumpliendo los absurdos castigos que éste me imponía.

Lo que nunca confesé a nadie es que casi siempre hacía trampas al cumplir los castigos. Por ejemplo: si debía rezar cinco Ave María y cinco Padre Nuestro, comenzaba prometiéndole a ambos –a María y al Padre- que se los iba a rezar todos, pero hasta la mitad, así no los abrumaba tanto.

Aún no poseo constancia de la veracidad de las religiones porque siempre me dicen que son algo abstracto, etcétera, etcétera, pero de los religiosos sí; esos sí son reales, concretos, y coexisten todos con su brillo propio, como las estrellas, y como ellas, se apagarán primero las más débiles, pero cada cual tiene el derecho de contemplar la que desee. Hay quien mira al Sol. Hay quien mira a varias estrellas simultáneamente. Hay quien no ha encontrado todavía una estrella que mirar. Hay quien cierra los ojos y mira la estrella que tiene dentro. Y en honor a la libertad de cultos, y por mi escepticismo hasta hoy ante tanta oferta religiosa: confieso que soy una agnóstica bautizada y comulgada.

   Amén

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También de la misma autora ya está en Amazon, “Atrapada en otro cuerpo”, la historia de un transexual cubano.

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