Cine con sifón


Por Sergio Berrocal (Colaborador de Prensa Latina)

leoneQuien nunca haya sido capaz de perdonar y santificar la ignominiosa traición de la vida de Noodles en Érase una vez en América no tendrá derecho a entrar jamás en el paraíso de Sergio Leone guiado por un chorro de sifón con vermut. Era la última película del viejo italiano que había dado al género del Oeste la pátina brillante y distinguida del viejo mundo.

Amargura y decepción acompañaron el rodaje, tal vez porque, dicen entendidos en el tema, Leone sabía que se despedía del cine que tanto había amado y que tanto le había querido. Se despedía de la vida, que finalmente es el peor de los remedios pero que tanto consuela cuando todavía la tienes.

Su personaje central de esta epopeya sobre la construcción de un país nacido en los lodazales de todos los vicios, destilaba la amargura del nunca más. Robert de Niro y el impresionante James Woods se encargaron de dar a este filme una densidad preciosista.

Elizabeth Mc Govern, el rostro menos hollywoodense, el más bello, el más puro, el único que olía a inocencia intacta, era la nostalgia ensuciada por el villano Noodles-Niro, rey de reyes de todas las mafias inventadas y por inventar.

El sifón es un artilugio de cristal con agua carbonatada a presión para que los pobres puedan gozar de lo que los ricos encuentran en fuentes salvajes y caras de montes escondidos en el olvido.

Detrás de cada sifón siempre había labios sensuales en espera del orgasmo gustativo cuando el agua con gas rebotaba con burbujas y crema de espuma de mar en la superficie de la piscina de un Hollywood desaparecido.

Los sabios franceses, hoy amargados por la dictadura del enriquecimiento diario, acuñaban la idea de que el latigazo monumental y moral del sifón sobre un vaso panzudo de vermut bodeguero era el primer signo de la hombría de un varón. La hombría de una fémina hubiese sido absurdo, pero corrían tiempos difíciles con la Revolución francesa (no escriba nunca Revolución con minúscula porque caerá en el cisma de los primeros calvinistas absurdos).

Los sifones esbeltos, orgullosos y erguidos como un pájaro perdido en un pantanal fueron el primer signo palpable de mi identidad. Las mujeres no tienen nada que demostrar. Son perfectas. El Halcón Maltés había pasado por allí.

Los sifones estaban encerrados en cuerpos de vidrio, con un pico doble, uno de ellos servía para apretar y provocar la catarata de agua con gas.  El otro guiaba el chorro que golpeaba como un vendaval la superficie de los vasos.

Los bandidos peliculeros que ahora beben soda o Perrier tenían siempre el sifón encima de la mesa de un café bastardo, en la medina (ciudad árabe)  de Casablanca. Eran épocas de hombres duros y de mujeres que ocultaban los mimos bajo una capa de carmín canalla. Entre vermut y vermut aligerado por la ronda de sifón, surgían las nostalgias de París, las hazañas de hombres buscados por la policía y encontrados por señoras de la alta sociedad en busca de sensaciones fuertes.

Las películas en blanco y negro fenecieron. Los pícaros de Jean Renoir han sido desplazados por los Brad Pitt que ni beben ni dejan beber. Tiempos de ley seca con Coca-Cola que raspa las tripas y limpia las monedas perdidas. En Europa hace ya tiempo que se acabó la belle époque del sifón que, me aseguran fuentes desinformadas, ha terminado por refugiarse en Argentina, como aquellos nazis rubios de antaño.

Y me dan un soplo. Los argentinos se han apoderado totalmente de las reliquias sifoneras. Les dedican museos y permiten  que el sifón siga en las mesas como cuando los hombres se medían por la longitud del chorro.

Noodles (De Niro) no tenía sifones en su majestuoso restaurante hundido en el mar, con exclusividad total de espacio y orquesta, lo que todos hemos soñado cuando hemos estado enamorados con orquesta de Mantovani incluida en una ronda de amor a primera vista, calzoncillos de piel de cervatillo y braguitas de seda tejida en Brujas.

Noodles era un bandido y la mujer de sus deseos, que no de su amor, porque el amor es otra cosa que vermut con sifón, la entonces dulce, inocente e insinuante virgen Elizabeth McGovern, demasiado bella para ser real, demasiado pura para ser terrestre, no podía entenderle.

Entonces Leone, el fiero italiano que demostró a los norteamericanos que la realidad de sus vidas se tejía en Roma, con Fellini y Visconti,  sacó sus cohetes de fin de año e iluminó la vida de toda la América soñada, nunca vivida y siempre decepcionada.

Estoy casi seguro que poco de inocente e insinuante virgen tenía aquella señorona de Buenos Aires que no consentía jamás que hubiese un sifón donde pudiesen aterrizar sus pupilas. Y ninguno de sus amigos, por mucho que lo fueran, se atrevía a reclamar a sus sirvientas de minifalda el bendito chorreón con gas a la hora del aperitivo.

La señorona había tenido una vida agitada y algunos afirmaban haberla visto en su segunda juventud regentando uno de los más bellos lupanares de la ciudad. Su aversión por el venerable sifón surgía por lo visto del fantasma de las habitaciones de sus muchachas donde, me contó muerto de risa un amigo que la conoció, las bellas de día lo utilizaban en cualquier momento, sin esperar la hora del aperitivo.

*Escritor y periodista francés, residente en España.

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