CELIA CRUZ, LA UNIVERSAL


Celia Cruz, un símbolo de la gracia y la sinceridad cubana. El mundo la llora. La llora Nueva York y la Pequeña Habana. Y en la vena subterránea del corazón de los cubanos en Cuba corre también amoroso dolor.

He meditado largamente sobre el concepto odio. Su legítima utilidad. Los cubanos todos pasamos por esto. Los que hoy están acá y los que están allá. Y tanto los de acá como los de allá hicimos del odio un patrón de cultura política. Aún cuando José Martí, el padre espiritual de todos los cubanos –los de allá y los de acá- nos inculcara que desconfiáramos del odio, pues no hay poder más grande que el poder del amor.

 

En nombre del odio de clases desarrollamos por años un proyecto que envenenó los momentos más hermosos de la Revolución Cubana, una Revolución que, valga decirlo, triunfó con el apoyo de todas las clases. Gozábamos el Apocalipsis de términos como “odio de clases”, “intransigencia revolucionaria”, “partidismo militante”, “el partido es inmortal” y decenas de frases transpirantes de inflexibilidad.

 

¿A quiénes sirvieron estos sentimientos en una época donde la Revolución se hallaba más sólida que nunca? Me pregunto a veces, consciente de que en situaciones de enfrentamientos violentos, el odio, la intolerancia y la irreconciliación hacen ganar batallas. Sirvieron a los oportunistas de turno. A los que hacen política buscando una prebenda o una beneficiosa posición de poder.

 

Hoy con la muerte de Celia Cruz, estos recuerdos se han volcado sobre mí como se agolpaban las penas de aquel viejo trovador: unos a otros, junto una frase que se esgrime en las ceremonias de despedida de la reina cubana y que me llena de dolor y rabia, por qué sé del lado que nos toca.

 

No he profundizado nunca en por qué tantos buenos creadores abandonaron Cuba en 1959. A veces la revelación de las causas como en el caso de Ernesto Lecuona u Olga Guillot me dejan desconcertada. De Celia nunca supe, pero guardo en mis memorias esta breve historia.

 

Me hallaba en Bogotá a mediado de los 90 y en amplio despliegue de prensa leí una nota donde Celia Cruz se negaba a cantar en un concierto de esa ciudad si no se retiraba el cartel que a sus espaldas anunciaba un producto cubano. Cuando los amigos de Cuba trataron de suavizarla, ella respondió tajante y con la fuerza moral que la sostuvo siempre: “No voy a apoyar con mi nombre ni con mi música nada que conserve en el poder a Fidel Castro, porque él no me permitió que yo acompañara al cementerio los restos de mi madre”. Era algo así como: a una, otra. Y le comenté al Cónsul de Cuba en aquella época: ¿Se habrá enterado Fidel de esto?.

 

Celia, fiel a sí misma, a su arte, a su religión, a su familia y a su pueblo aceptó lo que para su naturaleza fue coherentemente aceptable. Y se dio el lujo de ser honesta, cualidad tan peligrosa en cualquier tiempo.

  

Defendió nuestra música, no sólo con su talento, personalidad y metal inigualable, también la defendió de los bribones. Colocándose por encima de las pasiones políticas, prevaleció su pasión por la verdad y cuando algunos intentaron escamotearle al son su fuerza fue Celia y no otro quien con su acerada lengua y su irrespeto hacia lo inauténtico, directa y sencilla, –tal como el niño de la leyenda que en medio del tumulto dijo: “el rey está desnudo”- colocó las cosas en su lugar.

 

La frustración de Celia, la más grande –pienso- fue no poder regresar a su patria, Cuba, y cantar con esas ganas a su pueblo. Porque Celia amó infinitamente al pueblo cubano. Eligió el camino del exilio porque sintió que de esa forma defendía su arte. Lo respiraba en toda su integridad. Y lo salvó encontrando el mejor lugar para él en esos momentos. No valen reproches. Celia hizo lo correcto. Entendió que no debía esperar. Su intuición la llevó por el camino adecuado según su ética. Y estaba en lo cierto. Las culturas tienen patria, el arte no. Los artistas tienen patria, el arte no. El arte vibra con la energía del cosmos que lo sostiene. No es posible aprisionarlo en un contexto como no es posible embotellar el sol. 

 

El arte crece donde se le cuida y se le mima. Y donde se le ofende o abandona el arte muere.

 

Celia escogió el camino del exilio, fue su opción y debe respetarse. Celia no estuvo de acuerdo con el sistema comunista que asumió la Revolución Cubana después del triunfo. Fue su opción y debe respetársele. Funcionarios del Gobierno Cubano tampoco fueron respetuosos con Celia ni se trató de rectificar las decenas de torpezas que se cometieron con quien, sin discusión, era, es y seguirá siendo no sólo la reina de la salsa –como dicen en Miami- sino la reina de la música cubana. Porque Celia Cruz le entrega al mundo al final de sus días tanta gloria a los cubanos, como la que le consiguió Antonio Maceo, en nuestra malograda guerra de independencia, con la hidalguía de su machete.

 

Ahora que Celia acaba de elevarse a las alturas escribo esta despedida. Y me uno a los buenos que la veneran y han conseguido que el silencio no manche el honor de los que vivimos en La Habana. El mundo la llora. La llora Nueva York y la Pequeña Habana. Y en la vena subterránea del corazón de los cubanos en Cuba corre también amoroso dolor. Una vez más la vida nos vuelve a dar la misma lección: no podemos matar los símbolos. Y eso es Celia Cruz. Venerémosla. Más allá de todas las políticas. De cualquier modo el símbolo renacerá continuamente y nos dará en la cara, como renace Cristo cada vez.

 

Raysa White 

Santo Domingo, 19 de julio de 2003

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