La forma del rojo, coreografía de Ely Regina Hernández

Acudí en la tarde del domingo a la sala Avellaneda del Teatro Nacional para ver el programa de tres coreografías que presentaba el Ballet Nacional de Cuba. Para los del gremio de las artes escénicas, y para los devotos de la danza en sus múltiples expresiones, el estado de dicha compañía es un tema de indudable importancia. Tras el fallecimiento de Alicia Alonso, figura esencial en tantos sentidos, y la llegada a la dirección general de la bailarina Viengsay Valdés, son muchos los aspectos a tomar en cuenta a fin de que la institución no se congele sobre sí misma, y pase a un nuevo estadio donde la danza, y sus variantes y variables, logren revivificar a una institución que nos enorgullece y por la cual, incluso por encima de polémicas y debates, los cubanos y cubanas sentimos algo muy especial, relacionado con el sentido de pertenencia y atención hacia sus proyecciones, y con el modo en el que, desde Cuba, esta agrupación ha irradiado saber y talento hacia el resto del mundo, como cumplimiento de la profecía que Alberto, Fernando y Alicia Alonso enunciaron alguna vez, contra tantos obstáculos.
Confieso que ir al ballet se me había hecho a veces una tarea penosa: no solo por el repertorio inamovible, sino también por esas manías de nuestro público que insiste en aclamar empeños más atléticos que artísticos. Pero ni siquiera ello me ha hecho perder de vista a una compañía que sabemos fundamental. El programa se componía de La forma del rojo, coreografía de Ely Regina Hernández, que ella anuncia como una revisión a fondo de una pieza ya estrenada hace un tiempo por el BNC, y Sinfonía para nueve hombres, del norteamericano James Kelly, que también regresa al repertorio activo de la institución; amén del estreno de La hora novena, sobre fragmentos de Bach, creada por la coreógrafa británica Gemma Bond. Para esta última pieza se integraron además miembros del Teatro Lírico de Holguín y la orquesta del Teatro Lírico Nacional, en una fusión saludable y que debería servir de impulso a una colaboración más estrecha y continuada de nuestras entidades artísticas, en las que no poco talento hay y a ratos resulta no siempre bien visibilizado.
El programa, en general, (y he aquí lo más saludable) presentó a la compañía en este momento arduo en el que debe reformular su repertorio, más allá de los clásicos resabidos una y otra vez, y que en algún momento ya daban la impresión de un deja vu infinito. Así como es necesario mantener ante el público Giselle, El lago de los cisnes, Coppélia o Don Quijote, el BNC puede y debe ir más allá, justamente porque la sólida formación de esa escuela cubana de ballet tan singular abre un espectro de posibilidades infinitas, y permite a sus intérpretes asumir tanto una pieza de rigurosas puntas y tutú como otros riesgos más contemporáneos. Míticos son los años en que un programa concierto de la agrupación permitía admirar la destreza y el virtuosismo interpretativo de una agrupación que pasaba de un adagio clásico a coreografías como Dionaea o El río y el bosque, o a Tarde en la siesta o a Bodas de sangre, por mencionar solo algunos hitos de su vasta historia. Creo que el gesto es provechoso y anuncia otros derroteros, así como una mirada crítica hacia el interior de una compañía que deberá extender ese gesto de repaso y renuevo a todos sus elementos, desde la entrada del bailarín a escena hasta el concepto de diseño y música que lo acompaña.
Del programa en sí, confieso que me agradó más que cualquiera de sus partes la pieza de Ely Regins, una coreógrafa que ha tenido un crecimiento indudable y demuestra, al volver sobre La forma del rojo, que sabe mover figuras en escena, indagar en las posibilidades del teatro no solo como espacio de baile, sino como una zona de provocaciones donde el color, la tramoya, la luz, el vestuario (a cargo del maestro Salvador Fernández), también son apoyaturas expresivas que los danzantes aprovechan y agradecen. Sintética, precisa, con un sentido dramatúrgico claro y coherente, La forma del rojo merece estar más, a partir de ahora, como una de las cartas de presentación del BNC, gracias a la defensa digna de sus intérpretes, su empleo de un tiempo en escena que no se pierde en adornos ni aderezos innecesarios, y una voluntad, cómo no, muy contemporánea, de la narratividad en términos de danza pura.
Menos acertada me pareció la Sinfonía para nueve hombres, a pesar del desempeño de sus bailarines, que salen a escena a defender algo que, desde el inicio, parece marcado por lo decorativo y la exhibición de habilidades, más que de una clave que en términos de interpretación pueda llevarnos a algo más allá de lo que sabemos. Así como alegra ver a un conjunto masculino potente y listo para mayores desafíos, con esa vitalidad que la juventud trae consigo, la pieza se queda en esa zona de confort, que no le permite ir más allá de la suerte de intermedio que en este mismo programa vino a ser entre los dos puntos fuertes de la tarde.
Gemma Bond construye La hora novena con oficio, aunque sin demasiado riesgo. La presencia de los cantantes en vivo (algunas del Lírico Nacional, junto a las provenientes de Holguín), le otorgan a la pieza un valor extra, que aunque los muestra en escena no saca demasiado partido de sus presencias más allá del aporte de la voz. A veces alguno de los solistas está muy cerca de los bailarines, pero aunque parezca apuntarse una relación más nítida entre ellos y los danzantes, si eso fue una idea, no pasa del esbozo. Es un asunto que también me hace pensar en las ocasiones en que desde la coreografía se han abordado aquí obras de gran envergadura, como la Carmina Burana o el Réquiem de Mozart, uniendo en escena coros, cantantes solistas y bailarines, es un apunte de integralidad mayor que queda como en esbozo. Acá, las relaciones humanas, los enfrentamientos del cuerpo al afecto, a la pérdida, a la soledad, nos dejan ver momentos donde no faltan secuencias interesantes, que amén de la muestra de capacidades físicas espero logren, en próximas funciones, hacer más elocuente los subtextos de la obra, las motivaciones del danzante que lo llevan al gesto y al paso de baile, para darle a la obra una textura que no quede en la simetría o en el cumplimiento de una partitura. La música del San Mateo de Bach nos traen referencias de un mundo de complejas asociaciones, a las que a veces la coreografía ilustra o bordea, sin entrar siempre a fondo en lo que esa textura ya nos aporta. Espero reencontrarme con La hora novena en próximas funciones, con el anhelo de poder corroborar su crecimiento interno y externo.
Lo que me hace escribir estas palabras es mi saludo al Ballet Nacional de Cuba en este momento tan particular, donde tiene que poner a prueba todo su arsenal de conocimiento, técnico y artístico. Su directora ha comprendido que no basta con la tradición, que para estar realmente viva esta compañía tan prestigiosa (que no es solo la de los 60 y los 80, sino la de aquí y ahora), tiene que asumir retos y peligros. Y nuestra misión es acompañarla en ese paso complejo, que la lleva del tutú a la malla o al cuerpo semidesnudo, pero siempre incitado a entender la vida como danza y viceversa. Ese es el gran legado de Alicia, Alberto y Fernando. Y lo que el Ballet Nacional de Cuba, a fin de saberse latente e imprescindible, no debe olvidar jamás.

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