A los 31 años de la muerte de Carpentier, revista francesa echa una mirada a Cuba desde su literatura


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Alejo Carpetier

De Carpentier, de quien este lunes se cumplen 31 años de su muerte, ocurrida el 25 de abril de 1980, vale decir que es considerado una de las principales figuras las letras

CIUDAD DE MÉXICO (24/ABR/2011).- La poesía de José María Heredia, la prosa de José Martí y lo real maravilloso de Alejo Carpentier fueron plasmados en reportajes que la revista francesa ‘Ulysse’ dedica en su edición de este mes a Cuba vista desde su literatura.José Lezama Lima, Virgilio Piñeira e incluso Nicolás Guillén, poeta de una revolución triunfante que según los autores cierra una importante ola de escritores cubanos, también están incluidos en los textos de la publicación.

Tampoco faltan alusiones al poeta Miguel Barnet, con su obra ‘Biografía de un cimarrón’, o para aquellos más contemporáneos como Daniel Chavarría y Leonardo Padura.

De Carpentier, de quien este lunes se cumplen 31 años de su muerte, ocurrida el 25 de abril de 1980, vale decir que es considerado una de las principales figuras las letras hispanoamericanas del siglo pasado.

Autor de la obra barroca “El siglo de las luces” (1962), Carpentier influyó de manera notable con su obra en el ‘boom’ latinoamericano, movimiento literario que surgió entre los años 1960 y 1970.

La crítica lo considera además uno de los artífices de la renovación literaria latinoamericana, gracias a su estilo que incorpora varias dimensiones y aspectos de la imaginación para recrear la realidad.

Dichos elementos contribuyeron a su formación y uso de lo “Realismo Mágico”, la tendencia novelística del siglo XX.

Carpentier nació el 26 de diciembre de 1904 en La Habana, Cuba, fruto del matrimonio de un arquitecto francés y una pianista rusa, y se formó en escuelas de Francia, Austria, Bélgica y Rusia.

Tras su muerte, sin embargo, se empezó a documentar una biografía distinta que situó su nacimiento ese mismo día pero en Suiza, procedente de una familia humilde que emigró a Cuba instalándose en el pueblo de Alquízar.

Sus padres, el arquitecto francés Georges Julien Carpentier y la profesora de idiomas de origen ruso Lina Valmont lo iniciaron en el mestizaje cultural.

La familia se mudó a La Habana, porque el padre tenía interés por la cultura hispánica y ansias de habitar en un país joven y escapar de la decadencia europea.

Así, Carpentier, galardonado en 1977 con el Premio Cervantes, creció en trato cercano con campesinos cubanos blancos y negros, hombres mal nutridos, cargados de miseria, mujeres envejecidas prematuramente, niños mal alimentados, cubiertos de enfermedades, una realidad que posteriormente plasmaría en sus obras.

Su infancia coincidió con los primeros años de la República Independiente, un periodo en el cual las escuelas se centraban en el pasado colonial español, debido a la carencia de materiales actualizados.

A la edad de 11 años se trasladó con sus padres a una finca en Loma de Tierra, del reparto “El Cotorro”, cerca de La Habana.

Sus padres se ocuparon de su educación, él le enseñaba literatura y ella, música, sin embargo, su padre los abandonó y Carpentier tuvo que dejar los estudios y empezar a trabajar para ayudar a su madre.

Al fin de su educación primaria en Cuba, fue a París para completar parte de sus estudios secundarios en el liceo Janson de Sailly donde, tomando cursos de teoría de la música, llegó a ser en sus propias palabras un pianista aceptable.

En 1917 ingresó en el Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana para continuar sus estudios en teoría musical.

Y para 1920 consiguió entrar en la Escuela de Arquitectura de esa misma ciudad, pero que posteriormente abandonaría.

Durante este periodo comenzó a implicarse en la política, especialmente en la frustrada revolución de Veteranos y Patriotas en 1923.

Aunque los grupos a los que se afiliaba no fueran específicamente políticos, sino más bien unidos por el arte sí que tenían objetivos políticos y lucharon contra la dictadura de Gerardo Machado, ascendido en 1925, y contra el capitalismo estadounidense.

Carpentier inició su actividad literaria en simultáneo con la musicología, su otra vocación de toda la vida, en la dirección de la revista Carteles, entre 1924 y 1928.

Además, colaboró en la fundación de la Revista de Avance, en 1927. En 1928 fue encarcelado bajo la dictadura de G. Machado y a la salida huyó de la isla, hasta que regresó a ella, tras un exilio en París de prácticamente una década.

De este período fue su primera novela “Ecué-Yamba-O”, publicada en 1933, la cual abordaba una temática negra con la que Carpentier inauguró su carrera como escritor.

En 1944 se trasladó a Caracas, donde vivió varios años, dedicándose al periodismo radiofónico y ejerciendo también de profesor universitario y columnista en diarios y revistas, mientras realizaba una interesante difusión de la música contemporánea.

Luego de una temporada en Haití, regresó a Cuba tras la Revolución castrista y ocupó varios cargos oficiales hasta que en 1966 fue nombrado embajador en París, donde permaneció hasta sus últimos días.

Su actividad literaria, aunque iniciada en 1933, no tuvo continuidad hasta 1944, año en que vio la luz una compilación de cuentos titulada “Viaje a la semilla”.

Escribió también antes de su siguiente novela un ensayo titulado “La música en Cuba” (1946).

Y para 1949 apareció uno de sus trabajos literarios más emblemáticos “El reino de este mundo”, un ejercicio de excelente rigor histórico, como serán en adelante la mayor parte de sus obras, en el que Carpentier narró un episodio del surgimiento de la república negra de Haití.

Precisamente en el prólogo de esta novela, el autor expuso la tesis que definía “lo real maravilloso”.

Su definitiva consagración como escritor llegó con “Los pasos perdidos” (1953), novela en la que un musicólogo antillano que reside en Nueva York, casado con una actriz, es enviado a un país sudamericano con el encargo de rescatar y encontrar raros instrumentos.

Un relato abstracto e irreal donde se funden los conocimientos y la inteligencia del autor con las imágenes más profundas de su expresión literaria.

Más tarde publicaría “El acoso” (1956), una novela corta de temática entre política y psicológica, donde se refleja fielmente el círculo de represión y violencia de la Cuba anterior a la Revolución, en la década de 1950.

Aunque esta novela no fue documental, en ella se plasman los episodios que suceden en coincidencia con los 46 minutos que dura la interpretación de la Sinfonía Heroica de Beethoven.

Su siguiente obra fue “Guerra del tiempo” (1958), donde reunió tres relatos que suponían otras tantas variaciones sobre el tiempo en una ambientación pretérita.

Compuesta por tres breves incursiones de Carpentier en el mundo de lo fantástico y de la ficción, protagonizadas por la irreversibilidad de lo ocurrido.

Posteriormente, regresó a la novela histórica con “El siglo de las luces” y “Concierto barroco” (1974), una obra breve donde reconstruyó con minucioso detalle y estricto rigor histórico y musicológico, el viaje de un criollo por la Europa dieciochesca, acentuando la funcionalidad de la música en su narrativa.

El mismo año publicó “El recurso del método”, en el que recrea la imagen del tirano ilustrado, en versión latinoamericana.

Cronológicamente se sitúa su obra “La consagración de la primavera” (1978), novela en la que recreó una historia ambientada en tiempos de la Revolución Cubana y que había anticipado en forma de relato breve en ‘Los convidados de plata’ (1973).

‘La consagración de la primavera’ muestra su proceso autorreflexivo entorno a las revoluciones, a lo largo de un período que abarca desde la soviética hasta la castrista, incluyendo los hechos de Playa Girón, y donde además aparecen la Guerra Civil Española y los ecos de la Segunda Guerra Mundial.

Otra de su obras es “El arpa y la sombra” (1979), en la cual presentó una visión desmitificadora de Cristóbal Colón, a través del relato de una íntima confesión en la que el Almirante, a las puertas de la muerte, decide hacer una especie de inventario de sus hazañas y debilidades.

En su totalidad, su narrativa se enfocaba a cambiar la perspectiva del lector, trasladarlo hasta un universo más amplio, un cosmos donde la tragedia personal queda adormecida dentro de un conjunto que, aun siendo sencillo, es mucho más vasto y profundo.

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