Compay Segundo, el secreto es vivir con equilibrio y alegría


A cinco años de su definitivo salto a la eternidad, la voz de barítono de Compay Segundo conserva su vigencia como respaldo imprescindible de una melodiosa tonada de amor o de un picante son oriental, signo imborrable de cubanía.

El cadencioso tumbao del Chan Chan lo acompañó en su deambular por el mundo del brazo de la gloria.

Sevilla, Madrid, Washington, Nueva York, Roma o Ciudad de México, pusieron a su orden los más exclusivos escenarios, los públicos más exigentes, incluidos reyes, presidentes y hasta el propio Papa, para disfrutar de sus dotes musicales.

Mientras más cubano más universal, como diría Nicolás Guillén. Y nadie como aquel genuino santiaguero, oriundo de Siboney, nieto de una negra esclava, hizo valer esa máxima.

Aprendiz por cuenta propia del tres, primo de la guitarra, los casó para obtener el milagro del “armónico”, su original instrumento de siete cuerdas con el que daba un matiz personal, único, a sus canciones.

Cuando Máximo Francisco Repilado Muñoz, llegó a Río de Janeiro, el 17 de marzo de 2002, la diosa de la fama ya le había abierto las puertas de la ciudad, donde el culto a la música tiene su propio panteón.

Ya los brasileños lo conocían muy bien. Algunos lograron bailar con su grupo en Sao Paulo, otros atesoraban sus discos, vendidos como pan caliente a precio de oro, y muchos lo conocían de la radio o la televisión, pero el cine lo convirtió en estrella del firmamento artístico.

El estreno del documental Buena Vista Social Club durante una muestra colateral del Festival de Cine de Río abarrotó el mítico Odeón de la legendaria avenida Cinelandia. La proyección posterior, prevista para una semana, se prolongó durante más de un mes a sala llena. Muchos espectadores la vieron más de una vez. Todas las funciones terminaban con fuertes aplausos del público, vivas y lágrimas de emoción.

Acudí a mi primer encuentro con él en el Hotel Río Atlántica de Copacabana con la perturbadora sensación de quien recibe el privilegio  de ver y hablar con una de esas raras personalidades de leyenda.

Todo lo que se dijera del creador del Chan Chan, del músico ganador del Grammy, del hombre que a punto de cumplir 95 años andaba sonriente de un extremo a otro del planeta, era noticia aunque ya en esa altura eran pocos los detalles de su vida, su obra y trayectoria que resultaban desconocidos.

Preferí escudriñar su alma, descubrir esa esencia sutil, apenas perceptible, que anima a los artistas de su talla.

Lo primero que anoté fue su sencillez, el saludo afable, el suave estrechón de manos, sin afectación, como si fuéramos conocidos de siempre, su sonrisa tierna, atenta.

Simplemente elegante, con un impecable traje gris oscuro, camisa azul y corbata del mismo tono del saco, el sombrero panameño de ala corta y su infaltable habano en la mano izquierda, nos invitó a compartir un café, y después del primer sorbo, acompañado por un traguito de cognac, encendió el puro.

Durante 24 años –me dijo- alternó sus dotes artísticas en las noches con el oficio de torcedor de tabacos durante el día, y fue allí, -subrayó- en las salas de la fábrica de habanos Montecristo y H. Upman donde adquirió gran parte de sus sorprendentes conocimientos, prestando fina atención -mientras laboraba- a las noticias y relatos de los “lectores de tabaqueria”, apenas una parte visible de su sabiduría.

Durante los tres días siguientes hablamos cada vez que había una oportunidad, lo seguí a encuentros con la Vieja Guardia de la escuela de samba Portela, con el fortachón Nelson Sargento, un negro de 77 años, de poblada barba blanca. “Pero si todavía es un chico”, comentó entre risas.

Lo ví rodeado de la flor y nata del espectáculo y la vida artística de Río, directores de cine, famosos actores y actrices del teatro y la televisión brasileña, que se acercaban a él con el afán de descubir el secreto de su floreciente longevidad.

“La vida del músico es alegre”, le escuché decir más de una vez. El secreto es vivir con equilibrio, sin exageración, me confió una de aquellas tardes, después de un almuerzo con la vista de la playa de Copacaba ante nuestros ojos.

“Si un día comí muy bien, al otro dejo descansar la maquinaria, tomo un caldito, (hecho, según me dijo, a base de una fórmula inventada por él con cogote de carnero) reposo, y sigo con mi alegría de siempre”.

Su vida prodigando sones, guarachas y boleros, para la satisfacción de gente de todas las edades, a lo largo de casi un siglo, de un confín al otro de la tierra, dejó para sus hijos y sucesores un claro mensaje de vivir con alegría y sin excesos, como la más segura fórmula del éxito.

A poco más de cinco años de su deceso, el 13 de julio de 2003, su muerte todavía parece mentira. Con seguridad porque nadie como Compay Segundo supo “cumplir bien con la vida”, requisito indispensable de la inmortalidad revelado por José Martí.

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