El secreto de Igor Moiseev


Por Jorge Petinaud Martínez

El secreto de Igor MoiseevMoscú, 2 nov (PL) El coreógrafo ruso de renombre mundial Igor Moiseev, fallecido hoy aquí a los 101 años de edad, confesó el 10 de febrero de 2007, en una entrevista televisiva, el secreto de su lúcida y
prolongada carrera.

Creo que la dicha sublime es optar por el camino que te cae bien, afirmó al comparecer ante las cámaras a propósito del aniversario 70 de la Compañía Académica Estatal de Danzas Folklóricas, fundada y dirigida por él.

Me siento feliz porque me ocupaba de lo que la propia naturaleza me indicó hacer. Por eso la alegría de las realizaciones, de los éxitos profesionales me acompaña toda la vida, aseguró lleno de optimismo.

Incansable en su afán de búsqueda de las raíces de la cultura popular tradicional, en esas siete décadas Moiseev transformó el folklore danzario de diversos pueblos en arte genuino, y se convirtió junto a su
compañía en verdadero embajador de su país.

En la primera mitad de los años 20 el joven artista estudió baile en oscú, en particular en el Estudio Técnico Coreográfico, desde donde su aplicación le permitió ingresar en 1924 en el cuerpo del Gran Teatro, y en 1930 asumir el rol de maestro.

Trabajó en esa etapa en la puesta en escena de piezas como Amapola roja, Tres valientes, Salambó y Futbolist.

El 10 de febrero de 1937 se produjo el ensayo inicial del primer cnjunto de baile popular profesional de la Unión Soviética.

Soñador impenitente, su creador y director tenía el don de ver desde el futuro. En ese momento no existían antecedentes, conocimientos teóricos ni tradición en relación con este tipo de proyecto.

Todo se creó por primera vez, sobre la base de su estilo basado en la combinación de la emotiva sabiduría popular y la racionalidad del academicismo, explican hoy los historiadores de la danza en Rusia.

Ya en medio de la Gran Guerra Patria, con humor y brillantez “la tropa de Moseev” triunfó con la suite Un día en el barco (1943-1944) coreografía en la que recrean el modo de vida militar de los marinos de la Flota Roja.

Pero su trofeo de más valor inspirado en la Segunda Guerra Mundial fue Guerrilleros (1950), sorprendentemente exacto en la forma y de gran riqueza en emociones.

Esta pieza devino poema plástico en honor a millones de soldados de la contienda, temerarios, pero abiertos y sonrientes. Es hasta hoy el mayor orgullo escénico del conjunto.

Tras la conflagración, en numerosos países de Europa directores de onjuntos folklóricos le solicitaron asistencia técnica, y todo ello sirvió de material de estudio.

Así surgieron los Bailes de los Pueblos Eslavos (1945), donde  recrea historias a través de danzas de países de Europa Oriental como Bulgaria, Polonia, Rumania y Hungría.

El conjunto irrumpe con todo éxito en Asia en una gira por Corea y Mongolia (1953) y en 1954 conquista a China, y la década concluye con
nuevos éxitos en París (1955) y Nueva York (1958).

Los requisitos para integrar la compañía se complicaron en los inicios e los sesenta, cuando el maestro perfeccionó su escuela, y al tiempo que se enorgullecía de sus discípulos, les exigía sobremanera.

Esto trajo como resultado que en cada presentación el espectador quedara deslumbrado ante la destreza de los bailadores, exultantes de frases, réplicas, y diálogos.

La culminación de su sueño en esta etapa quedó plasmado en el espectáculo Camino al baile (1965), obra llena de virtuosas exigencias, por la cual Moiseev fue condecorado con el Premio Lenin y su compañía devino la primera de la Unión Soviética exaltada a la categoría de Conjunto
Académico de Baile Popular.

En etapas más recientes surgieron otros temas para los espectáculos, uno de ellos Suite de bailes griegos (1991), idea y puesta en escena concebida en colaboración con el gran músico Mikis Theodorakis.

Otros aportes de finales del siglo XX y principios del XXI fueron Cuadros del pasado, Cuadros soviéticos y Por los países del Mundo.

La crítica reconoció como denominador común de estas presentaciones de los bailarines una maestría en la que al parecer no hay esfuerzos, sino una sensación inspiradora de vuelo.

Esa magia se debe a un gran creador, que en 1937 supo mirar desde el futuro: Igor Moiseev, genio al que hoy llora el país más extenso del planeta.

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