Las noches del Parque Central


Por Gustavo Robreño Díaz*

Las noches del Parque CentralLa Habana (PL).- El Parque Central de La Habana fue originalmente una polvorienta explanada, situada más allá del perímetro amurallado de la ciudad.

A mediados del siglo XVIII ya era centro urbanístico y cultural de la creciente urbe, donde era habitual que algunos “personajes” de la época pasaran la noche formando grupos de diverso carácter, capaces de
desvelar a quien se propusiera esperar la llegada del nuevo día.

CON LA LUNA POR TESTIGO

Hacia la calle Zulueta, frente a donde se levantaba el teatro Albisu -entre el Café del mismo nombre y el Centro Asturiano-, reuníase una “peña” de músicos, presidida por el danzonero Raimundo Valenzuela, ídolo de la juventud bailadora de entonces. Más allá juntábanse corredores y bolsistas, formando un grupo escandaloso y gritón.

Alrededor de la estatua de Isabel II, que coronó el Parque hasta 1899, agrupábanse periodistas y literatos, haciendo verdadero derroche de chistes, agudezas y frases de ingenio.

Aunque la estatua fue reemplazada con justeza en 1905 por la del apóstol de la independencia cubana, José Martí, con el advenimiento del nuevo siglo continuaron reuniéndose a su alrededor periodistas y literatos, ahora bajo la imagen augusta del Maestro.

Más distantes se congregaban los chulos cubanos o “guayabitos”, llamados así por su aspecto sucio y mal vestir -a diferencia de sus competidores franceses-, de apariencia refinada y aristocrática.

Hacia la acera del Prado, justo frente al café El Louvre, era común ver reunidos algunos grupos de jóvenes a los que comúnmente la sociedad habanera denominaba Tacos -derivación del calificativo “currutaco”-, aplicado a ellos por su elegante forma de vestir.

La famosa peña de la Acera del Louvre, cuya fundación databa del año 1862, no era solo un amigable consorcio de rebeldía, ingenio y simpatía. Muchos de aquellos “mosqueteros y donjuanes” no faltaron a su compromiso con la patria durante las gestas independentistas del 1868 y del 1895.

Muy peculiar era también un grupo de connotados “charadistas”, presidido por don Emilio Valdés Sotoca, culto abogado cubano, elegante y correcto en el vestir, al extremo de no abandonar jamás su irreprochable levita inglesa.

Había también grupos de militares y de empleados españoles cuyas credenciales extendidas en el Ministerio de Ultramar no les imponía otros deberes que el de hacer “chivos” y tomar el fresco en el Parque Central.

Era común ver algunos grupos de cubanos y otros de españoles que se diseminaban por el Parque sin una precisa ubicación diaria. Entre los compuestos por españoles mayoreaban toreros “de poca monta” que infructuosamente trataban de triunfar en Cuba, y cómicos ” de la legua”, generalmente sin contrata.

Entre los “errantes” figuraban representantes de las clases más bajas de la sociedad habanera de fines del siglo XIX, incluidos rateros que acechaban a los “durmientes bajo la luna” para llevarles los sombreros o robarles los zapatos.

Otros grupos, no menos interesantes y bien diferenciados, se daban cita en diversos lugares próximos al Parque Central -aunque no al amparo de la luna- para también debatir, compartir ideas y polemizar.

En el año 1888, los redactores de los semanarios La Habana Elegante y
El Fígaro fundaron el Braseri-Club, situado en el primer piso de la calle San Rafael, entre Prado y Consulado, donde se reunían habitualmente periodistas y escritores.

Tertulia cercana era la del Balcony del teatro Tacón, que regularmente terminaba en acaloradas discusiones, entre críticas a las obras representadas y a los actores, alternadas con chismes de la farándula.

CONCLUIDA LA VELADA

A las cinco de la mañana, cuando los panaderos ataviados con pantalón, alpargatas, una simple camiseta cruda y toalla al hombro bajaban por el Prado hasta la Punta para tomar un confortante baño de mar, comenzaba en el Parque Central el “desfile en retirada” de tanto trasnochador.

Unos iban a sus casas, otros a la plaza del Polvorín a comer churros o pescados, y algunos a desayunar al café de Gumersindo, en Ánimas y Monserrate, a la par que otros tantos se apuraban a coger el primer carro del ferrocarril urbano, tirado entonces por caballos.

No pocos tertulios del Parque Central marchaban a la Bodega de Alonso, un figón ubicado en las esquinas de Prado y Neptuno, donde luego se erigió el café Las Columnas y años después el maestro Enrique Jorrín compusiera su inmortal cha-cha-chá La Engañadora.

En aquel momento eran sus dueños dos ricos españoles, padre y tío de Alonso Álvarez de la Campa, uno de los estudiantes de medicina injusta y vilmente fusilados por el gobierno colonial español el 27 de noviembre de 1871.

Eran, en suma, el Parque Central y sus peñas aledañas un conjunto abigarrado, pintoresco y bullicioso de hombres, en donde el tiempo se deslizaba gratamente.

El tiempo no ha borrado esa costumbre y aún hoy es posible ver, desde horas tempranas y hasta bien entrada la madrugada, grupos disímiles -dispersos como entonces- en animada charla, por todo el Parque Central.

Polemizan sobre algún tema de actualidad, disputan una partida de ajedrez, degustan algún licor o se arriesgan en un lance de amor, porque nada sería historia y tradición si faltara la gente que las mantienen vivas.

*Colaborador de Prensa Latina.

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